Cada concierto internacional que pasa por Santiago tiene una parte que el público nunca ve. Antes de salir al escenario, el artista espera en un camarín que alguien montó para la ocasión, con muebles, luces, comida y cualquier otro capricho que se le ocurra. Dagma Sánchez pasó 30 años haciendo ese trabajo para nombres como Madonna, Serrat o Guns N’ Roses, antes de aventurarse este año con Dagma On Tour (DOT) en Barrio Italia, una cafetería de especialidad que busca llevar esa experiencia a cualquier persona que quiera visitarlos.
El oficio al que Dagma entró a sus 20 años se llama «hacer camarines» y la historia se dio por casualidad. Estaba en la práctica de sus estudios de dirección y producción de televisión, en una empresa de marketing, cuando -prácticamente sin aviso previo- la mandaron al Sporting de Viña del Mar a preparar el camarín de Chayanne para su show.
Fotografías de archivo de algunos camarines que armó Dagma
En esa época, hacer un camarín era tenerle al artista una tabla de frutas, fiambres, quesos y frutos secos, un florero y unos tapaditos. La decoración también era parte del trabajo, pero quedaba en segundo plano. Todo se hacía a pulso, cargando implementos y muebles en camionetas y consiguiendo ayuda donde se pudiera. Como nadie tenía un manual, Dagma improvisó. Enteló el camarín, lo alfombró y le puso un sello propio, y con eso convenció a sus jefes de que la dejaran a cargo de los conciertos que venían.
Después vinieron Serrat, Miguel Bosé y Ana Torroja, Alejandro Sanz y hasta los Red Hot Chili Peppers. Con la práctica fue sumando detalles, hasta que dejó de traer cocinas de afuera y montó la suya, para no depender de otros proveedores.
En ese momento nadie lo hacía. Empezó cocinando en la antesala de los baños y pronto se dio cuenta de que necesitaba carpas. Otras productoras empezaron a llamarla, y cada camarín le salía distinto al anterior en texturas, colores e iluminación. Lo que la enganchó fue montar y desmontar, concierto a concierto, una especie de hotel itinerante con todo lo que eso implica. Cuando venía Madonna, por ejemplo, prácticamente se iba a vivir un mes al Estadio Nacional en una casa rodante. Dagma fue de las primeras en un oficio que, con los años, los mismos recintos empezaron a asumir por su cuenta.
Después de tres décadas en ese rubro, decidió armar DOT, una cafetería donde pudiera mostrar sus historias y experiencia de vida, que abrió el 18 de abril de 2026. Es una cafetería de especialidad decorada como uno de sus camarines y pensada como un magazine de su vida, con las escenografías, ambientaciones y colores que usó durante tres décadas.
En la entrada al local y sobre un mesón blanco con patas de fierro azul hay una tornamesa con tapa de acrílico, entre bolas de espejos y parlantes. Ahí cualquiera puede poner el vinilo que traiga o uno de los que se venden en la misma tienda. Debajo del mesón cuelga un perchero con ropa hecha en colaboración con Criba. Es moda circular, en ediciones limitadas inspiradas en lo que visten los artistas.
De ahí se pasa a un pasillo con piso de damero blanco y negro, paredes verde grisáceo y un muro forrado en franjas anchas rojas y crema. Sobre los espejos de marco dorado sobresalen dos cabezas de caballo lacadas en rojo. A Dagma le encantan los caballos, que para ella significan fuerza. Las lámparas de ratán con flecos negros y los apliques de bronce le dan al pasillo luz de bastidor.
Pero es frente al baño donde se encuentra el rincón que más se parece a los camarines que armaba. Tiene cortinas de terciopelo rosa viejo de piso a cielo, muros verde botella, un espejo de maquillaje rodeado de ampolletas y un torso desudo de yeso. Ahí hay un sillón, hoy tapizado de terciopelo mostaza, con cojines azul marino y ciruela, en el que se sentaron Lady Gaga, David Gilmour, Bon Jovi, Guns N’ Roses, Rush y Madonna.
En el salón principal, bajo una cabeza de caballo blanca, hay una guitarra eléctrica colgada en la pared, una máquina de espresso turquesa cubierta de imanes de viaje y una vitrina con objetos que Guns N’ Roses, Benson Boone y Ricky Martin dejaron olvidados en sus camarines. En las paredes cuelgan cuadros firmados por el Cirque du Soleil, Joss Stone, Ricky Martin, Kiss y Miguel Bosé. Una cafetería que se aleja completamente del minimalismo con todos los detalles y recuerdos de artistas que tiene en su decoración.
En octubre, además, empieza un ciclo de cenas clandestinas con un menú de tres tiempos basado en lo que se les sirvió a los artistas, con música y ambientación de cada uno. La primera es sobre Guns N’ Roses, con anécdotas e implementos de su paso por Santiago y se llama «El sorbete de Guns», por una anécdota que contarán esa misma noche.

La carta de DOT cubre desayunos, brunch y almuerzos, con presentaciones y sabores inspirados de más de 30 años alimentando a estrellas. Dagma cuenta que, al contrario de lo que uno se imaginaría, en los camarines los artistas no piden menús largos ni complicados. Piden porciones generosas y un montaje muy cuidado, porque antes de subir al escenario hay poco tiempo.
«Nuestra idea es presentar montajes similares a los que entregamos a los artistas, para que los clientes se sientan enaltecidos y bien tratados cuando tengan el plato frente a ellos en la mesa», explica Dagma.
Por eso la exigencia empieza en los insumos y en hacer en casa casi todo lo que se sirve, pastelería y panadería incluidas. Las únicas excepciones son el croissant y el pan de hamburguesa, que le compran a Madeleine, la panadería vecina, para hacer comunidad y mantener buenas relaciones con el barrio. Para lo demás, Dagma va ella misma a La Vega, un trabajo silencioso que viene haciendo hace 25 años y que es clave para mantener buena materia prima.
El café que trabajan es de Colibrí, una tostaduría pequeña enfocada en la calidad y la trazabilidad, de Carlos Medina, campeón nacional de filtrados. Además de todo lo clásico de cafetería, hay bebidas preparadas como el Strawberry Matcha ($4.800), que parte con un puré de frutos rojos de estación, sigue con hielo y leche texturizada y termina con un shot de matcha encima. También está el Berries & Fruit Cold Foam ($5.200), un cold brew de té negro Anamaya con grosellas que extrae durante 16 horas, servido sobre un cordial de lima y jengibre y terminado con una espuma rosada con polvo de frutos rojos.
Detrás de los fuegos de DOT encontramos al chef Maximiliano Avendaño, que lleva varios años con Dagma cocinando para estrellas del pop y del rock. Entre las opciones de almuerzo está el Timbal de camarones ($12.990), una torre de palta y mango en láminas casi transparentes, con camarones salteados en soya y miel, sésamo blanco y hojas semipicantes alrededor. Se acompaña con tostadas al olivo. El dulzor del mango y el del camarón es una combinación bien probada y que aquí no falla. Otra opción son los Sorrentinos de Alcachofa y Queso de Cabra, que llegan tapados por un pomodoro espeso y un cerro de queso rallado. Es un plato sencillo, con una ralladura de limón que levanta los sabores y delata la buena mano en cocina.
Más contundente es la Mía Pastora ($12.990), una burger que lleva el nombre de la hija de Dagma y junta todos los antojos que ella tuvo durante el embarazo. Va con champiñones salteados, cheddar, pepinillos al eneldo, tomate, lechuga y cebolla morada, en pan brioche con sésamo y con papas fritas al lado. Es tan alta que viene atravesada por un palito de bambú para que no se desarme en el camino a la mesa. Se agradece que más lugares se atrevan con hamburguesas que se salen de la -hoy omnipresente- smash.
Pero donde DOT realmente se luce es en su carta de brunch. Se mueve dentro de los clásicos de la categoría, aunque con un sello propio que hace fácil reconocer sus platos, donde la mayoría llega con un arreglo de flores comestibles. En el Huevo Benedictino ($10.300), en vez de ir a los proveedores de siempre del pastrami santiaguino, se la juegan con el de Cecinas Melo, de Mulchén, siempre buscando no parecerse al resto. El pastrami va en capas sobre brioche de molde, bajo un abanico de palta grillada, huevo pochado y holandesa. La Tostada de Salmón Ahumado ($10.200) es generosa con la cantidad de pescado, que acá es realmente el protagonista de la preparación. El salmón va en pliegues sobre palta grillada y termina con una quenelle de ricotta de pistacho y semillas de zapallo.
En ese mismo pan llega la estrella de la carta, las Tostadas Francesas ($8.800). El brioche se remoja en leche, crema, huevos y canela y después pasa por la plancha, y queda con el exterior levemente crocante y el interior casi cremoso. Encima va fruta de temporada (plátano, frutillas, gajos de mandarina, arándanos, kiwi) con hojas de menta escarchadas y azúcar flor. A su costado, un shot de miel de la casa que tiene algunos secretos. A ver si los descubre.

Otro plato dulce es el Waffle House ($7.000), una masa con mantequilla y vainilla cubierta de fruta de estación y crema chantilly, que se acompaña con miel de la casa, manjar o Nutella. Como todo en la carta, juega con una paleta de colores amplia, que es otro de los sellos del local.
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DOT cumple con lo que uno le pide a un lugar así. Tiene un diseño con historia detrás, una cocina que hace casi todo en casa y un café a la altura. Además, Dagma pasa la mayor parte del día en el local, casi como si fuera parte del mobiliario. Es común verla conversando con los clientes y si la pillas en un buen día, puede que te cuente alguna anécdota de tu artista favorito.
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