En un barrio que conserva antiguas casonas levantadas durante la primera mitad del siglo XX está Café Prensa, en escondido en una pequeña calle tras Eliodoro Yáñez, justo antes de llegar a Av. Providencia y cercano al Metro Salvador,. Por décadas el Barrio Triana fue un sector más bien silencioso, marcado por oficinas y por una historia ligada al mundo editorial. En estas cuadras funcionaron imprentas, editoriales y revistas emblemáticas como Paula, Mampato, Rosita y Ritmo. Una época en que buena parte del movimiento ocurría puertas adentro.

Pero el barrio está cambiando. En los últimos años, esas mismas casonas han comenzado a recibir restaurantes, cafeterías y proyectos independientes. Hoy a Triana ya no llegan solamente quienes trabajan o viven en el sector, sino también quienes cruzan la ciudad especialmente para descubrir sus propuestas.
Es justamente en una de estas casonas donde abrió Café Prensa, cuyo nombre alude al pasado editorial e historia del barrio. Un proyecto creado por María Edwards, anticuaria, y Macarena Guzmán, chef y cocinera, amigas de infancia quienes por años llevaban imaginando un espacio que reuniera todo lo que las movía: buena cocina, objetos con historia, lectura y, sobre todo, el placer de encontrarse alrededor de una mesa.

Entrar a Café Prensa es también entrar al mundo de María. La casona está llena de antigüedades, vitrinas con figuras de porcelana, espejos, cajas tipográficas de imprenta y objetos que cambian porque buena parte de ellos está a la venta, puesto que el lugar también funciona como una extensión de La Anticuaria, el proyecto de María.
De ahí que el café se sienta como una tienda viva, donde prácticamente en cada visita puedes encontrarte con algo distinto. Entre los objetos aparecen también pilas de antiguas revistas Paula, publicación que durante años se hacía en este barrio y que hoy se ha convertido en objeto de colección. Un vínculo que va más allá de las antigüedades, María también colabora en el rescate de Archivo Moderna, iniciativa dedicada a preservar y digitalizar el patrimonio de la revista Paula.

Más allá de los objetos y la historia del lugar, en Café Prensa hay razones suficientes para sentarse a comer. La pastelería es hecha en casa y llega a la mesa en piezas de cerámica grez elaboradas por la propia María (eso sí, no están a la venta).
En carta hay harto para tentarse. Pruebe el Carrot cake ($4.000), un bizcocho húmedo con generoso relleno de manjar casero; la Tarta de almendras sin glúten ($5.800), de esas con sabor al recuerdo; Tarta de limón hecha con limón de pica y sutil y liviano merengue; o la Tarta vasca que se sirve con un pocillo de mermelada de frutos rojos de la casa.
También hay galletas ($2.500), como la de chocolate blanco con frambuesa o la de jengibre, que junto a esos sanguchitos de miga nos recuerdan a un clásico five o’clock tea. Delgaditos y ligeros, como el de ave y pimentón, que da gusto encontrar. También está el clásico huevo-mayo. Hay sándwiches en croissant desde $3.500, como el croissant pequeño de gravlax, queso crema y rúcula ($4.500).

Una carta muy bien pensada para acompañar con café de especialidad que incluye distintos métodos, además de cappuccinos, filtrados y americanos, hay alternativas que se salen de lo habitual, como el matcha frío endulzado con miel ahumada, el chai artesanal y la golden milk.
Y como lo dice su nombre hay un formato especialmente pensado para quienes vienen sin apuro: el café se puede pedir directamente en prensas de 300, 550 u 850 cc ($3.500 a $9.000), para instalarse a conversar, leer o trabajar durante un buen rato.
La relación de Café Prensa con los libros no se queda solo en sus estanterías. El espacio también está vinculado a Lumière, un club de lectura que nace de una idea simple, leer puede ser un acto solitario, pero lo interesante muchas veces comienza después, cuando aparece la conversación. El club organiza tres tipos de salas de lectura y sus miembros reciben una tarjeta digital que permite acceder a beneficios en librerías, editoriales y cafés aliados, además de distintos puntos de lectura repartidos por la ciudad.
En resumen de esas cafeterías que dan ganas que se reproduzcan y con distintos pulsos: reuniones de trabajo, ir con los abuelos, niños o en familia, o simplemente disfrutar de uno mismo en un espacio tremendamente acogedor, y que además, recupera parte de la historia editorial del barrio.
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