Verticales caprichosas, subidas repentinas, callejuelas, escalones, pasajes escondidos. La historia de Valparaíso está escrita en sus calles, en sus grafitis y casitas de colores que de forma irregular se aparecen mientras uno camina por sus cerros. El Cerro Alegre y el Cerro Concepción son dos lugares llenos de historia y calles empedradas que suben y bajan sin tregua, con miradores que se asoman al siempre ajetreado puerto y casonas que parecen perdidas en el tiempo.
A fines del siglo XIX y principios del XX, una oleada de inmigrantes europeos llegó al puerto buscando nuevas oportunidades. Ingleses, alemanes, italianos y croatas se establecieron en estas alturas, trayendo consigo sus tradiciones gastronómicas y transformando para siempre el mapa del sabor porteño. Esa huella se mantiene viva en el Museo del Inmigrante, ubicado en pleno Cerro Alegre, donde se documenta cómo estos recién llegados dejaron su impronta en la mesa.
Hoy, estos cerros son reconocidos por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad y concentran una vibrante vida cultural. Hay galerías de arte casi en cada esquina, murales que narran la identidad porteña, románticos miradores que son escenario para una cita inolvidable y, por supuesto, una abundante oferta gastronómica.
En esta escena conviven nombres consolidados y muy conocidos como Circular, Tres Peces o María María, restaurantes que han marcado el camino y que se han transformado en referentes, pero más allá de ellos, hay muchos otros lugares que bien merecen un desvío. Propuestas que apuestan por el producto local, cocinas con identidad propia, bares y cafeterías. Esta es una ruta -probada y aprobada por Guía Comino- por algunos lugares que debes conocer en tu próxima visita a Valparaíso.

El Hotel Palacio Astoreca es el punto de partida ideal para una visita por estos cerros. Este edificio es testigo privilegiado de la historia de estos cerros y un buen comienzo para entender la arquitectura y el espíritu del barrio.
La historia del palacio comienza en 1923, cuando Francisco Petrinovic, un exitoso empresario del salitre de origen croata, encargó al arquitecto Vicente Colovich la construcción de esta mansión de estilo victoriano como regalo para su esposa inglesa, Mary Constance. La idea era que ella se sintiera menos nostálgica, más en casa, en este puerto lejano a su Inglaterra natal. El resultado fue uno de los edificios más imponentes de la ciudad, con sus característicos colores y una arquitectura que rápidamente se transformó en referente del puerto.
En 2009 una familia chileno-suiza, Vincent Juillerat y Francisca Joannon, encargaron la restauración al destacado arquitecto chileno Matías Klotz, quien trabajó meticulosamente para preservar el encanto de lo antiguo mientras incorporaba las comodidades contemporáneas para convertirlo en un hotel.
En 2012, el Palacio Astoreca abrió sus puertas como hotel boutique de cinco estrellas, fusionando dos propiedades patrimoniales en un solo complejo. Hoy cuenta con 23 habitaciones, un magnífico spa con piscina, bar, cava de vinos, biblioteca y una terraza con vista privilegiada hacia la bahía. Está ubicado en el Paseo Yugoslavo, a pasos del Museo Baburizza y en pleno corazón del Cerro Alegre. Sin lugar a dudas, uno de los edificios más hermosos y emblemáticos de la ciudad.
Dentro del mismo Hotel Palacio Astoreca se encuentra esta trattoría que abrió hace un año bajo la dirección del chef ejecutivo Cristián Gómez, el mismo detrás de Circular. Es una propuesta de cocina italiana tradicional, pero con platos que se salen de lo habitual.
El ambiente te transporta directo a una trattoria italiana de barrio. Los clásicos manteles a cuadros rojos y blancos cubren las mesas, mientras de fondo suena «Sono un Italiano» de Toto Cutugno. Es esa Italia romántica y familiar, la de las nonnas cocinando y las comidas que se alargan en sobremesa. Todas las pastas son hechas en casa, trabajadas con cuidado y técnica para lograr texturas y cocciones impecables.
La carta no es extensa, pero sí bien pensada. La Berenjena a la Parmesana ($9.000) es un buen ejemplo de cómo ejecutar bien un clásico, en un formato de entrada y con una combinación de queso y salsa pomodoro que sabe a Italia.
Uno de los platos estrella es el Gnocchi Cacciatore ($14.000), una preparación distinta y que vale la pena probar. La salsa se construye en base a cebolla, hongos ostra y portobello, callampas deshidratadas que concentran el umami, tomate, albahaca y aceituna. El resultado es un plato contundente, que se siente casero y campestre, con varias capas de sabor.
La carta de vinos es acotada pero bien curada, con etiquetas de productores chilenos como Villard, Tinta Tinto, Ranquilhue o López Pangue, todos con una filosofía de baja intervención. Un restaurante italiano distinto, en un espacio privilegiado.

Sin lugar a dudas uno de los nombres más reconocibles de la escena gastronómica porteña. Fat Kid es un burger joint que nació como un pequeño local de hamburguesas gourmet pero que con los años ha construido una propuesta sólida con platitos que van más allá de sus sándwiches y un servicio cuidado, tal y como en un buen restaurante.
Lo que los hace especiales es el cuidado por los detalles. Las papas son cortadas en casa y el pan de papa -aireado y con buena materia grasa- es del proveedor local Pukará. Para la carne utilizan un blend de sobrecostilla, wachalomo y un poco de wagyu que entregan jugosidad.
Uno de sus platos más populares para compartir son las Papitas Gueras ($9.400), papas fritas caseras con salsa de queso cheddar, guacamole fresco, jalapeños y crema ácida, muy al estilo texmex.
En cuanto a sus burger, tienen varias opciones, cada una más golosa que la otra. Pruebe la Black Gold Baby ($8.900) una de sus best seller actuales, con una probada combinación de champiñón salteado, huevo frito y mayonesa trufada. Si prefiere una de pollo, vaya por la Mamacita WTF ($8.400) con pollo frito apanado en corn flakes y rebozado en salsa sweet chili, con pepinillos, queso cheddar, lechuga y mostaza dulce. Picantona, dulce, muy al estilo de un ‘chikin’ coreano. Las burgers no vienen con papas pero se pueden agregar por $1.800.
Para beber cuentan con coctelería de autor, con buenas preparaciones bien ejecutadas como el Cacho de Cabra, un cóctel atrevido en picor y muy refrescante, ideal para limpiar el paladar. Si prefiere una cerveza -compañero ideal de las burgers- pruebe alguna de Maldito Vikingo, productor artesanal local.

En una restaurada casona del siglo XIX en el Paseo Dimalow, donde antes funcionaba el recordado restaurante El Internado, está WIP Coffee. Fundada por Camilo Giraldo, bicampeón nacional de baristas en 2018 y 2019, junto a su socia Romi Veliz, esta cafetería es una de las mejores del país.
WIP viene de Work In Progress, primero por la estética industrial del espacio con vigas de madera expuestas y terminaciones en OSB, pero también porque entienden que siempre hay algo más que mejorar. Su barra de café está al centro del salón y ofrecen una estación completa dedicada al método origami, un dripper japonés que entrega tazas de perfiles más limpios. Tuestan sus propios granos en Obra, su propia tostaduría ubicada en el mismo recinto. La comida salada se concentra en sandos japoneses, destacando el Katsu Sando ($7.000) con lomo de cerdo empanizado en panko, salsa tonkatsu casera y ensaladilla de repollo. Cuentan además con panadería, bollería y pastelería propia.
Relacionado: Wip Coffee, una sublime cafetería de especialidad con tostaduría propia en Valparaíso.

Abierto hace dos años y medio en calle Almirante Montt, en un sector que es casco histórico protegido por la Unesco, Maleza está dentro de una vieja casa remodelada y adaptada por el estudio de arquitectos Fantuzzi y Rodillo, los mismos de WIP Coffee. En su segundo piso cuenta con una terraza en altura con amplia vista sobre los cerros de Valparaíso.

En Maleza, el lema de la casa es que «las estrellas son los platos» y vaya que lo cumplen. Su carta cuenta con dos líneas de cocina: herencia y vegana/vegetariana. En Herencia, o como también la llaman «recetas en vías de extinción», incluyen preparaciones en base a mote, panitas de pollo o pulpa de cerdo, todas recetas de la abuela de Pedro Gahona, el dueño.
La cocina de Maleza es generosa, sabrosa y muy enfocada en el producto. Solo utilizan sal de mar y no hay crema de leche en las preparaciones. Para comenzar, pruebe el Tiradito de Vidriola ($10.900), con membrillo, sal de mar, limón, aceite ahumado de ají cacho de cabra y microgreens. Otra de las estrellas en Maleza es el Mote ($15.500), que se pide con una salsa y un acompañamiento a elección. La combinación con pomodoro y agregado de choritos y chorizo local -o chorolonga, como lo conocen acá- es una apuesta segura.
En los platos plant-based, el Bosque Grillado ($14.000) es razón por sí sola para visitar este restaurante, aunque no sea vegetariano. Una base de hummus sobre el que descansan varias verduras grilladas según disponibilidad. En este caso, betarraga, pimentón, puerro, espárragos blancos, zanahorias baby y un mix de hongos con shiitake, portobello, eryngii y paris, con un topping de repollo morado salteado. Saludable, contundente, con sabores reconocibles e identidad propia, como todas las preparaciones de este restaurante. Anótelo en su lista.

Restaurante de los chefs René Olivera y Marcos Quijada, ubicado en una casona patrimonial en pleno casco histórico del Cerro Concepción. Cuentan con una acotada propuesta de cocina con platos que van variando de acuerdo a la temporada y logran mantener un espíritu y una cocina de restaurante clásico pero sin sentirse anticuado. Son recetas tradicionales pero actualizadas con pequeños giros y el sello de la casa que todo lo cambia.
Para comenzar, pruebe su Tiradito ($14.900) o Ceviche ($14.900), que sale con la pesca más fresca del día, en este caso un salmonete de Juan Fernández. El ceviche va con una clásica salsa de ají amarillo, mientras que el tiradito tiene una mezcla de especias cítricas y picantes que le dan un perfil de sabor único y adictivo. Ambos platos entregan notas punzantes que hablan del estilo de cocina del chef.

Otro de los platos ícono de la casa son los Pejerreyes Fritos ($9.900), con un batido ligero, ideales para compartirlos, ensuciarse las manos y dejar un rato los cubiertos de lado. Cuando no están disponibles, ofrecen papas fritas o algún otro plato con fritura en su lugar.
De fondo, imperdible es el Pescado a la Lata ($15.900), preparación tradicional del puerto que aquí trae cebolla caramelizada, tomate cherry, mix de setas y el infaltable caldo de la lata. Un plato con identidad porteña, herencia de los pescadores de las caletas. Un plato que -como dice Marcos- «probablemente fue servido muchas veces en esta casa antes de que llegáramos nosotros».
Tanto René desde los fuegos como Marcos desde el salón logran una sinergia entre cocina, servicio de vinos y hospitalidad que hace de Rosmarino una de las buenas nuevas paradas para un almuerzo en Valparaíso.
Sin lugar a dudas uno de los hotspots de la bohemia porteña. Oui Oui es un bar que nació de la apuesta de dos franceses y un chileno que se conocieron en Sydney y decidieron apostar todo para abrir este proyecto en Valparaíso. El local tiene una atmósfera entretenida, con luces bajas, la carta pegada en la pared y varias mesas que dan un cierto ambiente de antro (de los limpios, claro está), pero al mismo tiempo con un servicio rápido y amable. Es de esos lugares donde es fácil conocer gente y que es muy frecuentado por vecinos del barrio.
A pesar de su tamaño reducido, Oui Oui logra capturar el espíritu nocturno de Valparaíso con una energía que hace que un miércoles se sienta como un fin de semana. Constantemente están haciendo eventos como flash tattoo, bingos musicales, guest bartender y mantienen semanalmente distintos DJs invitados para animar el ambiente. La música y la buena onda son parte esencial de la experiencia.
A pesar de ser un bar donde el foco está puesto en el ambiente y en las actividades, la coctelería también está a la altura y demuestra un especial cuidado. Pruebe el Mustache Fizz ($6.900), con gin, licor de sauco, manzana roja, limón y tónica; o el Piski-Oui ($6.200), una fresca combinación de pisco, licor de naranja, kiwi y menta.
También cuentan con coctelería clásica y platos de bar para compartir, con varias combinaciones de Poutines, una preparación a base de papas fritas con toppings y salsas encima, perfectos para acompañar una noche de tragos.

Si buscas un Old Fashioned o un Dry Martini perfectamente ejecutados, este es tu lugar. Creado hace casi diez años (también por un francés), el Bar del Tío es uno de los recintos emblemáticos de la zona y se ha consolidado como el lugar ideal en Valparaíso para tomarse un cóctel clásico bien hecho.
Sentarse en su barra de madera es una buena decisión para ver de cerca el buen trabajo de sus bartenders. El bar ofrece una selección de cócteles de autor, donde destacan el Coccynar ($7.000), preparado con Gin N°1 de elaboración propia, Cynar, Fernet Branca, menta, syrup de romero, pomelo y agua tónica. Amargo, cítrico y herbal, es una preparación que juega con perfiles complejos y bien logrados; o el Levántate Lázaro ($7.500), con gin de elaboración propia macerado en café de Obra, Khalua, Borggetti y coldbrew, con un toque de cacao y canela. Una reversión alta en cafeína de un espresso martini que funciona perfecto para quienes buscan algo distinto.
La carta de comida se centra en tapas pensadas para compartir. Uno de sus platos más representativos son las Empanadas fritas de ceviche de reineta ($4.900), favoritas de los asiduos al lugar. También destaca La Once ($6.400), una propuesta curiosa inspirada en la típica once chilena con base de palta molida, marinara caliente de ajo, alcachofas y tomate cherry, pimentones asados y praliné, acompañada de pan de masa madre tostado.
Parada obligada de la escena coctelera del puerto.