Si alguien te dice que hay un lugar en Eliodoro Yáñez donde se puede almorzar en calma y en un ambiente tranquilo, probablemente desconfías. La avenida es ruidosa, muy transitada y poco amable con el peatón. Pero a la altura del 961, en una casona blanca que da justo frente a la calle, funciona Mirlo. Queda cerca del Barrio Triana y de calles como Huelén o Rafael Cañas, que los fines de semana todavía se sienten ‘de barrio’ y algo de esa cadencia se filtra entre las vigas de madera del local. Cuando te acercas, el aroma de su bollería es lo primero que te recibe.

El local no tiene aspecto de restaurante ni ningún cartel llamativo más allá del logo pintando en una de sus paredes. Gabriela Medina, su madre Pamela Flores y su pareja Matías López, abrieron en 2019 un espacio inicialmente pensado como una cafetería, sin imaginarse en lo que Mirlo se iba a convertir. Gabriela es nutricionista de profesión y cocinera de vocación. Autodidacta, heredera de las recetas y la filosofía de cocina de su abuela, que incorpora frutas y verduras de mercado en sus distintas recetas. Algo de eso es lo que hoy encontramos en Mirlo.
Abrieron en noviembre de 2019, poco después del estallido social y poco antes de la pandemia, en un local en calle Bravo no muy lejos de donde se encuentran hoy. Los primeros años fueron difíciles, pero lograron pasar el periodo más turbulento y en los últimos años, se han consolidado como uno de los referentes de la bollería y el brunch en Santiago, expandiendo su operación y perfeccionado su servicio, manteniendo su identidad y la premisa fundacional de hacer todo en casa.

Los garzones se pasean con calma. Transmiten una quietud poco habitual en un rubro que parece acelerarse cada vez más y lo hacen sin sacrificar un servicio que con los años se ha vuelto notablemente más eficiente. En sus mesas convive un público variopinto. Un grupo de veinteañeras habla del grupo de K-pop que se presenta en el Festival de Viña entre risas; más allá, un padre de unos setenta almuerza junto a su hijo un par de décadas menor, en un cómodo silencio que pocos saben regalarse. Nadie parece tener prisa y quizás eso sea lo primero que Mirlo contagia.
Un comensal de grandes anteojos redondos y un morral de lana se planta frente a la vitrina y la inspecciona con atención. Danesas de arándanos y frutillas, profiteroles, cheesecake de frutilla, tres leches, medialunas. Delibera con la seriedad que el asunto merece hasta que finalmente opta por dos medialunas -probablemente las mejores de este lado de la cordillera- y una danesa. ¡Qué once debe haber tenido!
Su danesa de arándanos, con los frutos rojos sutilmente dispuestos dentro de una circular masa hojaldrada, es un deleite para ojos y paladar. Para el lector cauteloso que aún no se anima a visitarlos, un dato: la mayoría de los comensales, tras terminar su desayuno, brunch, almuerzo u once temprana, pasan por la vitrina y aprovechan de llevarse bollería antes de salir. Eso dice más sobre la calidad de sus masas que cualquier adjetivo que se pueda decir. Es ardua tarea, incluso para los más estoicos, caminar frente a sus exageradamente seductores horneados y no tentarse con algún capricho.
En la cocina, mientras tanto, un diligente equipo de cocineros y pasteleros prepara lo que va a llegar a la mesa. Hornean focaccia, pan brioche, pan de papa, pan de leche y muchos otros. Lo hacen a diario y sin premezclas. La propia carta lo advierte que si algo de la vitrina te llama la atención, haz tu pedido apenas te sientes, porque se acaba.

Del desayuno -disponible de martes a viernes hasta las 12:30, sábados y feriados hasta las 14:30- hay platos que tienen un lugar ganado entre los habitués. La Tostada Chutney ($7.500), en pan brioche con ricotta casera, chutney de pimentón, huevo pochado, aceite picante con sésamo y chalotas lleva años en la carta y sigue siendo de lo más pedido. Una atrevida combinación de sabores donde todo los elementos encajan. El contrapunto del frescor de la ricotta con el atrevido picor del aceite; el agridulce del chutney con la cremosidad del huevo pochado y el esponjoso brioche sosteniendo todo.
La otra es la Tostada Romesco ($7.900), que en su variante actual lleva salsa romesco -preparación de origen catalán a base de pimentones asados-, pesto, mozzarella fior di latte, chips de jamón serrano deshidratado y tomates. De esos platos que terminan con el comensal preguntando si acaso no venden la romesco por separado para llevar. Otros de los más pedidos son los Huevos Turcos de verano ($9.500), con crema de yogurt, tomates herencia, aceite picante y de menta, o por la Tostada de Hongos y Ricotta ($7.900), con hinojo encurtido y huevo pochado.
Pasado el mediodía también sirven almuerzos. A la mesa vecina llega la Pesca del Día con verduras grilladas y romesco ($12.900), pesca del día a la plancha, con verduras de estación, que la comensala disfruta alegremente junto a su pareja. También tienen otras opciones como Ñoquis de tomates, pesto y berenjenas ($12.900) o Milanesa de pollo con ensalada verde ($12.900).
Para compartir o para darse un gustito en el brunch, la Stracciatella, Uvas y Tomates ($12.900) es derechamente imperdible este verano. Stracciatella del sur de Chile sobre pimientos del padrón tatemados, berenjena y zucchini grillados, uvas, tomates, hierbas frescas, aceite de hoja de higuera y aceite picante. Llega con trozos de focaccia para dipear. Un plato fresco, veraniego a rabiar y lleno de contrastes.
Ahí está, probablemente, la gran característica de su cocina. Gabriela logró construir una identidad que se ha ido depurando con los años, maximalista en cuanto a ingredientes pero sin opacarlos con demasiada técnica. Los sabores son fácilmente perceptibles y cada uno cumple una función, casi como si fueran los instrumentos en un ensamble de jazz. Es esa sinergia entre elementos -a veces inesperados- la que hace de Mirlo un lugar único.
De temporada también incluyeron el Chacarero Roast Beef ($9.500), en pan de leche grillado, con mayonesa de ají cristal de El Borde, tomates de herencia de Nutrívora y porotos verdes. Un nostálgico homenaje a un clásico en su propio estilo.

En cuanto a los bebestibles, cuentan con las opciones clásicas de cafetería, además de algunas sodas de fruta hechas en casa ($3.500) cambian según lo que haya de temporada y que se han vuelto lo más pedido por sus comensales. También tienen Limonada de Jamaica ($3.900) o una bebida fría de Sandía y Merkén ($3.500).
Mirlo es un local que junto al aroma de su bollería y del pan horneado transmite paz. Esa sensación, cada vez más rara en una ciudad apurada, de que alguien se tomó el tiempo de cocinar pensando en ti.