Antes de mudarse a Finca Vigía, Ernest Hemingway pasó buena parte de los años treinta viviendo en la habitación 511 del Hotel Ambos Mundos, en La Habana Vieja. Ahí escribió los primeros capítulos de Por quién doblan las campanas, bajaba al Floridita a tomar daiquiris y empezó a armar en su mente ese imaginario del Caribe que después terminaría por aparecer en buena parte de su obra.
Esa habitación es la que inspira a 511 The Hemingway Room, un bar que funciona hace cuatro años en la esquina de Francisco Bilbao con Pedro de Valdivia, donde antes estuvo la histórica fuente de soda Hemingway. A la entrada hay un carro dorado de maletas cargado con valijas de cuero rayado, de los que uno empuja en los lobbies. Arriba cuelgan letreros que imitan la recepción de un hotel: Concierge, Check In Time, No Vacancy, Ring for Service.

A Alejandro Rojas, uno de los fundadores, se sumaron en esta etapa dos nuevos socios: Mauricio Hormazábal e Italia Tossi, con el objetivo de buscar un nuevo rumbo para el proyecto, porque lo que comenzó como un bar cervecero con hamburguesas poco a poco ha ido cobrando vida propia y en el último tiempo encontró una identidad en cocina y barra que le sienta realmente bien.
En el interior del bar, dominan los verdes en las paredes, la madera oscura en las mesas, las lámparas globo y las baldosas de mosaico calipso y blanco en el piso. Sobre los muros hay algunos retratos de Hemingway, como uno en blanco y negro, donde aparece mirando de frente, vigilando el salón, heredado de la antigua fuente de soda. Su amplio ventanal da una agradable sensación de apertura y permite entretenerse observando a los transeúntes que deambulan incautos por el tranquilo barrio.
Si hay un elemento del ambiente que hoy define a este bar es la música en vivo. Comenzaron sumándose esporádicamente a la tendencia del jazz y hoy mantienen una programación constante que incluye blues, música cubana, roots, música afro y cantantes invitados en formatos acústicos, que cambian semana a semana.
Su nueva carta de coctelería de autor, a cargo del jefe de barra Iñaki Canahuate, es el gran atributo que este bar esconde bajo su fachada. Viene presentada como un libro dividido en tres capítulos: Swing, Bebop y Cool Jazz, y es -probablemente- una de las cartas conceptuales de coctelería de autor mejor logradas de Santiago, tanto por el relato que arma como por la técnica y el producto final que llega al vaso.
Abre el capítulo Swing el Louis Old Fashioned ($8.900) -favorito de quien escribe-, que está a la altura de lo que se espera de cualquiera que ose tocar este clásico. Bourbon à la noisette, palomino fino y bitter de naranja; seco al final, con un agradable fondo tostado de frutos secos que no le quita elegancia. También en este capítulo y probablemente inspirado en un Mai Tai, está el King Oliver’s Creole ($7.900): Bacardí Coco, un blend de rones oscuros, piña tatemada, horchata y pimento dram. Largo, cremoso, con el dulzor tostado de la piña quemada, ideal para quienes disfrutan de los cócteles tiki.
Más adelante, en Bebop, el Monk’s Mood ($6.900) combina Bombay Sapphire con manzana verde, tomate verde, albahaca, jalapeño y limón. Llega con espumante brut al lado para que uno lo use a gusto y unas aceitunas para cambiarle el perfil de sabor. Entra herbal y ligeramente dulce, pero las aceitunas aportan un toque salino que ayuda a balancearlo.
Ya en Cool Jazz, el Baker in Appleland – Take Two ($7.900) se hace a partir de un goloso bourbon que reposó en un crumble de manzanas asadas y canela, montado con whisky ahumado, soda de manzana y miel. Primero frutal y luego ahumado: combinación recontra probada, pero que aun así aquí logra sentirse única. Y para los que disfrutan las películas de James Bond está el Dadá ($6.900), una reversión mucho más ligera de un Dirty Martini, con vodka, St-Germain, bitter aromático de pepino, limón clarificado y salmuera de aceitunas. Salino, ligeramente seco y floral, con esas adictivas notas a aceituna.
La carta tiene platos principales, burgers y hot dogs, pero lo que hoy manda y mejor dialoga con la coctelería son los platos para compartir. La Malaya Contraataca ($10.900), de cerdo a la plancha, terminada al plato con limón y teriyaki, llega acompañada de vivos de naranja y piña asada. Jugosa, generosa, funciona tanto como entrada compartida como para afirmar el estómago en una noche de tragos.
Por un puñado de empanadas ($8.500) son masas de sopaipilla rellenas con queso de cabra, mozzarella y nueces tostadas, fritas hasta quedar firmes por fuera y mullidas por dentro, vienen con un dip lacto de cilantro y es de esos platos que uno pide de inmediato cuando los ve pasar hacia la mesa de al lado. El Paul Fiction ($13.900), otro de los nuevos de la carta, es un pulpo asado en su punto, servido sobre una base de romesco con nueces y especias, tiene un perfil mediterráneo, liviano y cargado de sabor.
Para el cierre dulce, está Say Cheese! ($7.000), una especie de tarta vasca con gel de frutilla, puré de naranja, merengue y frutillas frescas; o el Cuchi Cuchi ($5.900) una deconstrucción de pie de manzana. Cualquiera de los dos va de mil maravillas con un Louis Old Fashioned.
Lo que hoy presenta 511 The Hemingway Room es una apuesta fuerte por la coctelería de autor y por construir un ambiente animado por artistas. Un bar para quedarse a tomar un par de tragos más de los que uno tenía pensado y dejar que la noche vuele al ritmo de la música.