Felipe Carrasco, el empresario detrás del Grupo Culebra (Gracielo, Guachita Culebra, Rossie La Loca) quiso ponerle a su nuevo restaurante el nombre de su hijo. Tomi, le dice de cariño. Pero faltaba algo, una capa japonesa que le diera sentido al proyecto que estaba armando. Hitomi, en japonés, significa pupila, el punto del ojo por donde entra la luz. De ahí el nombre Hitomi Tomi. La cultura nipona siempre ha sido un terreno compartido entre ambos y esa es la gran inspiración que hay detrás de este local.
Carrasco se ha hecho un nombre en la comuna a punta de coctelería bien hecha y espacios con identidad y personalidad propia. Hitomi Tomi, que abrió a fines de 2025, es su primera incursión en la cocina japonesa, con una apuesta que marca la diferencia con la abundante oferta de rolls o makis que hay en Santiago. Un izakaya, de esos bares japoneses donde se va a picar entre tragos y a compartir platos en un ambiente desenfadado y relajado, con coctelería de autor, el sello reconocible de su grupo gastronómico. A cargo de la cocina está el chef Enzo Hiche, con pasos previos por 99 Restaurant y Casa Garla, entre otros.
El local funciona en el primer piso del mismo edificio donde opera Rossie La Loca, aunque cada uno tiene su propio espacio y su propia entrada. Adentro, azulejos burdeo brillantes y un papel mural estilo art déco en tonos turquesa, morado y dorado. En la barra, banquetas verdes miran hacia una cocina pulcra, blanca y abierta, flanqueada por lámparas doradas y ventiladores de bronce que parecen rescatados de una película noventera. Afuera, una terraza con grandes plantas se las arregla para separarse de la ajetreada avenida Tobalaba.


La carta de Hitomi Tomi se entiende mejor si se piensa como una mesa larga donde todo se comparte. Los platos llegan en formatos que invitan a eso y lo más interesante aparece cuando te atreves a alejarte del sushi y miras hacia otro lado.
Para abrir, el Tako Sarada ($8.900) marca la diferencia en el corte y el trato del molusco. El pulpo llega en láminas delgadas, con una generosa porción de wakame, pepino y ponzu. Esa misma atención a la materia prima se confirma con el Usuzukuri Shinsen ($14.900), un corte fino de pesca del día (bonito, en este caso) dispuesto en forma de abanico, también con una ponzu.
Entre los platos calientes, pide el Karaage ($10.900), hecho con trutro corto, idóneo para esta preparación. Jugoso por dentro, con una fritura que mantiene una crocancia ligera sin acorazarse, bañado en una emulsión picante a base de gochujang. Es el tipo de appetizer por el cual vas a querer pelear hasta la última piza.
También en esta línea, buen trabajo han hecho con el Gyu Sando ($16.900), un sándwich japonés de res angus a la parrilla y salsa tonkatsu, cortado en cuatro porciones. El pan llega con su tostado preciso y la carne se deshace al morder, blanda y sabrosa sin necesidad de recurrir a un exceso de salsa que lo tape. Opcionalmente puedes pedir el Katsu Sando ($16.900), con cerdo apanado, kimchi, mostaza encurtida, pepino y salsa tonkatsu.
El Miso Ramen ($12.900), con fideos artesanales, tofu, huevo marinado y una lámina de nori es una buena opción para la masa de adeptos cada vez más grande que tiene esta preparación tradicional.
Para beber, además de los clásicos hay varias buenas opciones de coctelería de autor. El Hinode Collins ($7.400) es una versión oriental de un Tom Collins, un highball con cerveza Asahi, seco y efervescente, ideal para cortar la grasa del Karaage o del Gyu sando. El Wa ($6.900) es otro de los más pedidos. Un coctel tropical, con mango y cítricos en una copa aromática donde la pimienta sichuan deja un aroma sutil que aparece al final. Y el Wabi-Sabi ($7.400), que toma su nombre del concepto japonés que encuentra belleza en la imperfección, es su versión de un spritz, liviano y con un agradable amargor.
Y el cierre es probablemente lo más inesperado de la carta. El Helado de Wasabi ($6.900) llega sobre cubos de papaya y durazno, con una granita de limón que aporta frío y acidez en simultáneo. El wasabi aparece suave, casi perfumado, mezclando su picor con la dulzura de la fruta. Con sus distintas texturas y temperaturas es un limpiabocas que cierra perfecto una cena.
Hitomi Tomi es un lugar desempaquetado, sin la solemnidad que a veces se le pega a algunos japoneses en Santiago. Un lugar ideal para visitar en grupo, con una coctelería que se la juega con combinaciones que no vas a encontrar en otro lado y una carta pensada para pedir varios platos y ponerlos al centro de la mesa.