En Santo Domingo, el balneario a una hora y media de Santiago que queda justo al sur de la desembocadura del río Maipo, todavía hay unos pocos que caminan por la calle asfaltada en vez de la vereda, con mucha calma, una chaqueta y, quizás, un bastón. Obligados, los conductores de los autos pasan con paciencia y escrutinio por el lado, mientras los paseantes admiran casas grandes de jardines floridos, plazas con vegetación exuberante y atardeceres bíblicos sobre una playa que es más bien áspera, ventosa, escandinava.
La mayoría de sus restaurantes, panaderías y pastelerías, por lo tanto, no están, como en otras localidades del Litoral, frente al mar, sino que resguardados entre la urbanidad y ruralidad de la comuna. Locales eternos y discretos se contaban con los dedos de una mano hasta hace cinco años, pero tras la migración ciudad-playa de la pandemia, se han visto complementados por opciones más contemporáneas y tendenciosas que apuntan a esos nuevos transeúntes que en vez de bastón llevan un coche o una correa, con un niño o un perro.
Los cambios han sido rápidos, tan rápidos, que acaban de aparecer, entre otras marcas, McDonald ‘s, Papa John’s, Buffalo Waffles y un Unimarc grande en un strip center en la entrada, justo al cruzar el puente desde Llolleo. Pero también hay emprendimientos locales, históricos y nóveles, que se las han ingeniado para prosperar en la realidad todavía estacional. Lugares -probados y aprobados por Guía Comino– que vale la pena visitar para comprar alguna indulgencia o comer rico durante este verano.
El Tubazo

Una panadería de playa creada por Constanza Benavente y Sven Gerhard, surfistas y panaderos autodidactas que en 2020 empezaron a hacer baguettes por encargo, en el horno de su casa. Luego sumaron productos como batard, brioche o focaccia, hasta que en 2022 acondicionaron la entrada de su hogar como tienda.
Actualmente tienen un equipo de seis trabajadores, la mayoría conocidos o familiares, como su hijo de 18 años, Tomás, que es uno de los panaderos, o también Lucas, de 22, que originalmente hacía las entregas. El nombre de la panadería surgió, de hecho, porque al enseñarle a Lucas el proceso de amasado del baguette, se lo ilustraron como el movimiento de las olas, cuando forman un tubo.
Los baguettes salen tibios del horno a la vitrina, y es común ver a los clientes transitar con sus bolsas de cartón por la calle, mientras ceden ante la tentación y le pegan algún mordisco al pan. También tienen unas muy buenas empanadas de horno y opciones dulces como cinnamon roll y tarta de queso.

Entre campos de frutillas y viveros, Elba Farías prepara dulces chilenos desde 1982, todos con abundante manjar de tarro de leche condensada. Por la mañana, tiene sus vitrinas repletas de tortas de milhojas, mientras en su obrador a la vista trabajan ocho personas.
Comenzó horneando brazos de reina en su casa, mientras su esposo, Alberto Jorquera, regentaba un pequeño almacén en la entrada. Alberto cuenta que, de a poco, Elba le pedía comprar libros de pastelería, que ella luego ponía en práctica, sumando opciones a su catálogo.
Muy famosos son sus empolvados, repollitos, merenguitos y negritos, estos últimos inventados por una nuera: son unos alfajores como medallas bañados en chocolate de cobertura y decorados con pintitas de colores. Las milagrosamente delgadas galletas, migosas y mantequillosas en vez de quebradizas, encierran el manjar en una proporción de un cuarto, mientras el oscuro chocolate contrasta con algo de amargor. Contentarse con solo uno es un desafío babilónico.

Un restaurant de comida internacional con unas 20 mesas, con mucha inspiración asiática y un bakery casero de estilo estadounidense. Abrió hace un año en un nuevo strip center modular muy ondero, que está en una de las calles principales, casi al llegar a la carretera de la fruta.
Mariana Le Fort, la chef, explica que con su socia Trinidad López quisieron diferenciarse de lo que existía en el balneario con una propuesta más desenfadada. En la terraza ofrecen coctelería de autor y vinos de bodegas cercanas como Casa Marín, Tintomare y La Sirca. En su casa, la cocinera tiene una huerta con la que abastece al restaurant de hojas verdes, hinojo, endivias, radicchio, acelgas y tomates de colores.
El pan es casero. Las salsas también. Y los platos son grandes y coloridos, como las calugas de pesca del día, el pollo frito coreano y los tacos colmados con camarón, palta y crema ácida. De postre tienen sus gigantes brownies o galletas, que vienen tibias con salsas y helados artesanales.
Justo al lado de Aonaki hay una panadería de masa madre, Luna María, que además de molde, hogazas, ciabatta y sándwiches del día, entre jueves y domingo, desde el mediodía, ofrece unas excelentes pizzas napolitanas con masas que fermentan entre 24 y 48 horas. Son de bordes inflados, base delicada y llevan salsa de tomates asados a fuego lento por dos horas, además de quesos y charcutería artesanal.
A pesar de la arraigada costumbre santodomingana de protegerse entre plantas y estructuras de los aires violentos de la orilla, existen dos rebeldes que, en sus entornos privilegiados, son estupendas opciones para presenciar el naranjo anochecer. Es recomendable abrigarse, eso sí, aunque sea con un chalequito, por más que la tarde parezca prístina y calma.
Café y Canela es una cafetería de especialidad que está hace un par de años en la playa Marbella, con vistas al mar y el humedal de la desembocadura del Maipo. Tiene una acogedora terraza con unas seis mesas, que tiende a atiborrarse en temporada alta y por lo tanto exige algo de paciencia para poder gozar de un flat white, un cappuccino frío o algún filtrado con sus granos de origen, de tostaduría propia, que acompañan con una vitrina de pastelería artesanal y planchaditos.
Y un imperdible para despedir el día es la Santa Pizza, restaurant pionero del sector, ubicado en una especie de muelle que llega hasta la playa en el barrio Santa María del Mar. Tiene una terraza alucinante muy cerca del agua tormentosa en la que se puede maridar un chop de cerveza artesanal o cóctel con machas a la parmesana, sus eternos involtini di melanzane (láminas de berenjena rellenas de ricota y bañadas en pomodoro), o la clásica pizza de la casa, con queso roquefort, láminas de manzana verde y salsa de miel de palma con soya.