Salir a almorzar afuera hoy es casi un lujo. La economía no da tregua y después de la pandemia los precios en buena parte de los restaurantes se inflaron considerablemente. En Providencia cuesta encontrar un menú bajo los diez mil pesos y los que lo hacen suelen sacrificar calidad y procesos en el camino.
Por eso llama la atención que en Avenida Francisco Bilbao 930, Nanai sirva un menú semanal a $8.500 que incluye plato, postre, un pancito hecho por ellos mismos, bebestible y una salsa, también hecha en casa y pensada específicamente para la preparación que haya ese día.
El local abrió en julio de 2025 en un espacio que antes solo era cocina, donde instalaron un pequeño mostrador para vender almuerzo a los vecinos del barrio y hacer entrega a los repartidores de las aplicaciones. Detrás del proyecto está Pablo Ruiz, cocinero que trabajó bajo el alero de algunos de los grandes nombres del fine dining chileno, antes de cansarse de ese mundo y pasar a trabajar en una cafetería. Junto a su pareja, Loreto Pérez, decidieron armar algo propio, pero presupuesto para mesas y garzones no había así que optaron por esta funcional cocina ubicada en el extremo nororiente de Barrio Italia.
Partieron con pastelería más pituca y platos más técnicos que no tuvieron la recepción que esperaban entre sus vecinos. Un día Pablo decidió salirse del libreto, hizo porotos y vendió todo. Desde entonces la carta mutó hacia una cocina casera que cuida mucho los detalles, con porciones generosas y precios acordes a la realidad actual del país. El nombre, como se puede suponer, tiene que ver con entregarles cariño a los comensales y, como dice Pablo «que la gente se vaya con el corazón contento».
El menú semanal de Nanai ($8.500) incluye pan, salsa, postre, bebestible y va cambiando así como cambian los productos con la temporada y sigue la lógica de las cocinas en casa de antaño. Un día comida chilena, otro día un plato con pollo, luego una preparación con cerdo, los jueves de pasta y así sucesivamente.
La semana de la visita tocaron unos ñoquis de papa con un toque de pesto de la casa, revolcados en una boloñesa rústica con tropezones de tomate y de carne bien presentes, terminados con queso rallado encima. Aparte, en un potecito, llega la salsa friulata -laurel, ajo y secretos que no quisieron revelar- que en este caso sirve para potenciar los sabores ya presentes.
Las salsas son una buena pista del trabajo que hay detrás de esta cocina. Todas se hacen ahí mismo y se pueden comprar para llevar. Tienen una salsa macha con ají panka, maní y sésamo, de picor equilibrado; una de cacho de cabra ahumado al estilo mexicano, con tomates, cebolla y ajo; una mostaza casera con las semillas enteras, que revientan al morderlas, de dulzor moderado. También fermentan chucrut de repollo morado, kombuchas y un kimchi adaptado al paladar chileno, menos picante y menos ácido que la versión coreana original y hasta hacen un jamón, que es una especie de cruce entre un jamón pierna y un arrollado, pero sin los aliños de este último.
Ese jamón es uno de los ingredientes de la Ciabatta con jamón casero, huevo y palta ($9.500), uno de sus sándwiches más vendidos, combinación reconocible de desayuno empujada un poco más allá con queso crema y mostaza, de esos que hay que comer sin tener miedo a ensuciarse las manos.
En la categoría sándwiches también tienen un Planchado de cerdo ($9.500) con carne deshilachada y reducida en su propio jugo con especias, salsa verde y queso en pan de masa madre a la plancha; o el Blandito ($9.000), ícono de la casa, que consiste en una especie de shokupan con huevo, queso, salsa macha y cebollín, más al estilo asiático. También tienen una opción veggie ($9.100), una ciabatta que va con pesto, champiñones, pimentones asados, hojas verdes y aceto. Y si le gustó, la misma ciabatta se vende por unidad ($750), con stock limitado en el local.

Si va pasando por afuera del local pero ya almorzó, puedes simplemente llevarte un antojito dulce, como su brownie con 63% de cacao ($3.000), sus galletones de chips de chocolate que puede ser red velvet o matcha (desde $2.000), o su carrot cake con crema de queso y frutillas ($4.000).
En Nanai, recalcan que están dispuestos a modificar y adaptar sus platos a gusto del comensal, porque la idea es mantenerse fieles a lo que significa su nombre. Ideal para visitar al almuerzo cualquier día de la semana, especialmente cuando hayan ganas de hacerse nanai.