Patonejo abrió su primer local en agosto de 2024 en Villaseca 439, Ñuñoa. Un pequeño local de cuarenta metros cuadrados, fachada angosta y dos bancas en la solera que poco tardó en hacerse conocido entre los vecinos y popularizarse incluso más allá de su comuna. Cristóbal Cox, ingeniero comercial, dejó el mundo corporativo para lanzarse de lleno en este proyecto. Aprendió panadería solo, con cursos y tutoriales de YouTube, hasta que encontró un local donde podía hacer lo que quería: vitrina al paso, bollería hecha por ellos mismos y café de especialidad.
El proyecto lo armó con su señora, Varsha Ashok y el nombre es una referencia a ellos dos. Él le dice coneja a Varsha por los dientes, ella le dice pato por cómo camina. El logo junta un pico y dos orejas y se ve como un pato o como un conejo, dependiendo de cómo se mire.
Con el tiempo, su propuesta se fue afinando y el boca a boca también hizo lo suyo. En un año el equipo pasó de tres a más de diez y Villaseca empezó a quedar chico. Cristóbal salió a buscar un segundo local con más cocina y espacio para sentarse.
Lo encontró en Hamburgo 1818, justo frente a la plaza Augusto D’Halmar. Ahí funcionaba Ubuntu, el café de su amigo Raimundo Pérez de Arce, típico de barrio y con una linda vista frente a la plaza. Para ambas partes hizo sentido asociarse y abrir ahí un segundo local de Patonejo, con una cocina amplia, terraza y en un entorno ideal para seguir afinando su propuesta.

La vitrina de Patonejo siempre tiene una amplia variedad de productos para quedarse mirando y elegir con calma. Algunos de ellos cambian con la estación, pero hay varios que se mantienen constantes, como el Croissant de crema de pistacho ($3.490), una de las piezas que armó la fama del local en Villaseca y sigue siendo el best seller. Llega a la mesa con las capas laminadas bien marcadas, color cobre, abierto por encima con un goloso relleno de crema verde con pistachos picados gruesos por encima, y el sello de chocolate negro del logo apoyado al costado como una moneda.
Entre los productos estacionales, actualmente tienen una Danesa de higo-granada ($3.690), una masa enrollada en espira con puntos de diplomática de queso crema en el borde, un disco central de gelatina de granada de color fucsia, granos de granada intercalados entre los pompones de crema y un mousse de higo abajo.
También cuenta con productos más asociados a la pastelería regional como el Kuchen de frambuesa ($2.990), que a pesar del nombre, es más una pastafrola argentina: base de masa quebrada, enrejado dorado por encima, la frambuesa asomando entre los cuadritos en color granate oscuro y bien caramelizada en los bordes.
Siempre mantienen en su vitrina 5 o 6 opciones veganas. Una de ellas, el imperdible Alfajor de manjar de nuez vegano ($1.990), con un grueso relleno de crema de dátiles. La crema es densa como manjar pero con el dulzor y la acidez propia del dátil.
Y su llegada a este nuevo local también los ha llevado a incursionar en platos salados, propuesta que aún está en desarrollo, pero donde ya podemos encontrar sus primeras propuestas. El sándwich de pastrami ($6.990) servido en pan integral de masa madre horneado en el mismo local lleva queso, pepinillo y mantequilla de mostaza antigua. Cristóbal habla de sumar más opciones de sándwiches y armar una carta de brunch como próximo objetivo de Hamburgo.
Por otro lado en cuanto a la cafetería, trabajan con granos de Lama, uno de los tostadores pioneros de la especialidad en Chile y cuentan con todas las opciones tradicionales para acompañar un buen bollo dulce.
En un nuevo entorno con terraza, sillas, vista a una plaza y una cocina grande y bien equipada, Patonejo sale por primera vez del formato al paso. La bollería sigue siendo el eje, pero ahora convive con una carta salada en rodaje y con mesas para quedarse. Café de barrio, con vitrina para llevarse antojos dulces para la once y mesas para quedarse. Todo en un solo local.