«Entra por café, sal más feliz». La consigna está en un cartel negro en la entrada de Ona Café, en Carlos Antúnez 2616, Providencia. Adentro, el local está ubicado en el primer piso de un edificio de los años 60 que fue luego renovado en los 80 y esa mezcla arquitectónica se ve en sus bloques de hormigón visto junto a ladrillos, pavés que filtran la luz de la calle, cielos con vigas antiguas y un piso de parquet.
Sobre esa base, el diseño es de buen gusto y bastante minimalista. Mesas de terrazzo con patas doradas, una pared burdeo con el logo «ONA» en grande y un sillón de cuero capitoné arrinconado contra la pared. La barra, revestida en azulejos verdes, queda a la vista desde cualquier mesa. Un martes a media mañana hay gente trabajando con el notebook abierto, enchufes accesibles en las mesas, un tipo leyendo con su perro echado debajo de la silla, una pareja conversando en los bancos altos de la barra.

Detrás de Ona está Vicente Farfán, venezolano, que lleva ocho años viviendo en Chile, junto a su hermana Ginette Farfán. Llegó desde Caracas como muchos de sus compatriotas, empujado por la situación política y económica de su país. Formado como barista, estudió gastronomía y trabajó en catering y eventos antes de entrar a Café Terra, la tostaduría de especialidad con sede en San Bernardo que importa granos directo de finca, tuesta con perfiles específicos para cada origen y distribuye maquinaria y accesorios para la industria del café. En una de esas vueltas repartiendo café por la ciudad fue notando que en esa zona de Providencia no había muchos cafés de especialidad cerca y vio una oportunidad.
En Ona trabajan con Café Terra por la confianza y el conocimiento que Vicente tiene de sus granos. Los que están usando ahora son etíopes de la región de Guji, comprados directo al caficultor Ismael Hassen, sin intermediarios. La carta de temporada -impresa en papel, lo que se agradece- detalla dos tolvas con su origen, variedad, proceso, altura de cosecha y perfil sensorial completo. Una va por lo fragante y frutal, la otra por lo floral con toques de chocolate. Cada taza se calibra según la variedad y el proceso del grano, y si quieres saber más detalles acerca de lo qué estás tomando, es su propio dueño quien te lo puede explicar.
Tienen todas las opciones clásicas de cafetería como espresso ($2.800), americano ($2.800), flat white ($3.500), cappuccino ($3.800) o latte ($4.200). También cuentan con bebidas preparadas como espresso tonic, rooibos tonic, un Jamaica Coconut con agua de coco y limón, filtrado frío y un Massala Chai Latte con canela, cardamomo, anís, pimienta y nuez moscada. Se puede pedir con leche vegetal Oatly.
Del lado comestible, Ona Café trabaja con dos proveedores que conocen lo suyo. Las tostadas y el flan de caramelo son de Madeleine, la panadería francesa que partió en Barrio Italia; y las galletas de Adriana Cedeño, quien es también la jefa de barra del local. El croissant de jamón serrano con cottage y pesto ($7.900) es la opción salada más contundente. En lo dulce, el flan de caramelo ($3.200) y la torta tres leches ($4.000) funcionan perfecto para saciar cualquier atracón de dulce.
Ona Café funciona como lo que Farfán llama un tercer lugar: ese espacio entre la oficina y la casa donde parar antes de llegar a cualquiera de los dos. Es pet friendly, tiene enchufes y buena luz, entorno ideal para ir a sentarse a trabajar.