Cada semana abre un restaurante nuevo en Santiago. Algunos tienen una vida fugaz de algunos meses y otros aguantan con hidalguía un par de años antes de cerrar sin más aviso que un posteo en redes sociales. El rubro gastronómico es inclemente y mantener un local funcionando con números verdes por un periodo prolongado es un desafío no menor. Ni las recomendaciones de influencers con millones de seguidores se salvan si es que la gestión y la oferta del local no está a la altura. Cada semana abren nuevos restaurantes y en esa vorágine los viejos van pasando al olvido, muchas veces no porque hayan empeorado, sino porque dejaron de ser novedad.

Le Flaubert es uno de los veteranos del rubro. Abrió el 15 de diciembre de 1995 en Orrego Luco 125 y no se ha movido de ahí. Su dueña, Ximena Larrea, pasó casi dos décadas viviendo en Francia antes de volver a Chile y trajo el concepto de los restaurantes que conoció en ese país, lo que para aquellos tiempos era una novedad por donde se le mirase.
El proyecto comenzó como un híbrido, a medio camino entre un restaurante y un salón de té, en un Chile donde el té de hebras todavía era una rareza importada, pero con los años de a poco fue dejando su alma de salón de té de lado y comenzó a operar como un restaurantes francés con todas sus letras.
La casa donde está ubicado se divide en varios ambientes. El salón que da a la calle tiene las paredes amarillas, zócalo blanco y afiches enmarcados, sillas de madera con tapiz crema y un piso de baldosas en damero que acusa el paso de los años. Más adentro, el salón rojo cambia el registro por completo con paredes anaranjadas, lámparas de tulipa y un marco dorado vacío colgado como si fuera un cuadro más. Al fondo está la terraza, techada con una lona estampada, con estufas a gas para no pasar frío este invierno, enredaderas que trepan por los muros y árboles que dan una sensación de refugio.
El entorno es el mismo de antaño, la cocina también, pero en agosto de 2025 el llegó el chef Maximiliano Gutiérrez, no para transformar la propuesta, sino para afinar procedimientos, ajustar técnicas, montajes y sumar algunos platos dentro de la misma línea francesa pensados para los formatos de consumo de hoy.


La carta actual combina los platos clásicos con los que comenzaron, que conviven con algunas nuevas propuestas en la misma línea. La receta del Paté Maison ($12.000) no ha cambiado en treinta años. Es un mix de carnes con pimienta y oporto, de textura suelta, casi cremosa, sin la compactación de terrina que obliga a cortar en rodajas. Se desarma con el cuchillo y se unta sobre las tostadas sin resistencia.
El Tártaro de Filete ($14.000), uno de los best seller, es de los platos que llegaron después. Filete cortado a cuchillo, en cubos que se distinguen entre sí, con grana padano rallado por encima, alcaparras, cebolla crocante y una cantidad considerable de mayonesa trufada. Vienen tostadas para armarlo en bocados.
Las sopas, otro de los sellos del local, se sirven en formato mediano así que alcanza para comerla junto a un plato de fondo. Infaltable es la de Cebolla ($10.000), bien cargada al vino tinto, y con su tostada de queso gratinado arriba. La de Choritos ($10.000) es una versión marina de una sopa de zapallo, con choritos licuados dentro de una crema espesa de color anaranjado, con choritos enteros también en su interior.
Entre los fondos y pensado para paladares carnívoros está el Lomo Robespierre ($19.000), un lomo liso sellado a la plancha, trinchado al plato, con aceite de oliva, sal gruesa, pimienta verde y romero. Así de simple. Acompáñalo con el gratin dauphinois, un milhojas de papa francés con crema y queso en su interior, un clásico de la casa desde siempre.
Otro de las buenas nuevas adiciones a la carta es el Confit de Canard ($23.000), con un pato traído de Francia y servido sobre un risotto de peras y camembert con tomillo. Una parte de las peras está pickleada y la otra asada en chancaca así que en el plato se encuentran distintas texturas y perfiles de esta fruta.
Y pensando en el público que los visita en horario de tarde, sumaron a su carta el Croque Monsieur ($10.900), otro clásico francés que consiste en un pan tipo brioche pasado por la plancha, con queso mantecoso y jamón planchado, terminado con una bechamel y semillas de amapola encima.
Todas las copas de vino están a $6.500 y entre las diez opciones hay dos francesas, algo poco común. En botellas la lista es larga y ahí aparecen las joyitas de productores más pequeños como el chardonnay Locura 2 de Clos des Fous ($21.000) o el país Lattice de 5ª Dimensión ($26.000). De postre, la Torta de Chocolate con manjar ($6.000), bien dulce y adictiva, cumple con ponerle un broche indulgente a la comida.
Le Flaubert probablemente no sea el próximo lugar al que acuda el influencer de moda, pero si un local continúa vivo a más de 30 años de su apertura, debe ser por algo.