Farsantes Club es una sandwichería to-go que abrió hace un par de meses en un pequeño pero funcional espacio en el cowork Taller 1, con una ventana que atiende hacia la calle, ideal para el oficinista o trabajador del sector que quiere pasar por un almuerzo rápido. Y aunque pueda parecer una más en el interminable grupo de emprendimientos que compiten a la hora de almuerzo, desde que pruebas estos sándwiches entiendes que aquí hay una propuesta que va más allá. Son preparaciones de sabor fácilmente identificable por el uso de conservas propias, que incorporan vegetales y proteínas a baja temperatura y pan hecho en casa exclusivamente para sus preparaciones.
Ubicado en General Salvo, a pasos del Metro Salvador, en una calle llena de locales que despachan colaciones para los oficinistas del barrio y para los que entran y salen del hospital. A ese paisaje llegó Farsantes con su ventanita, que con los fríos de este invierno quedó casi de adorno porque ahora la operación al interior de Taller 1 en una puerta ubicada justo a la entrada.
Detrás del proyecto está Michelle Bolomey quien conoció a su socio Julián Dattwyler cuando estudiaban diseño y antes de que él decidiera convertirse en cocinero. Empezaron haciendo encurtidos y salsas que venden en distintos puntos repartidos de la ciudad, como una cebolla en vinagre infusionado con naranja, un rabanito en vinagre con jengibre, una salsa picante de ají y limón asados o un chimichurri, mismos productos que hoy ocupan como ingredientes de sus sándwiches.
Cuando decidieron dar el salto y abrir un local la idea siempre fue tomar productos locales de fácil disponibilidad y con buena técnica pero sin deformarlos, llevarlos a un formato de calle. Por eso, Farsantes Club ofrece sus preparaciones en formato de sándwich, aunque también tiene disponible un formato de bowl para quien prefiera moderar su consumo de carbohidratos.

El nombre, dicho por el propio Julián, es simplemente un intento de ser transparentes. «Toda la vida nos vendieron la cocina chilena como algo puro, cuando en realidad está hecha de influencias de todas partes», explica. Ellos trabajan con producto local pero no hacen nada tradicional, y en vez de disfrazarlo lo dicen de frente: son unos farsantes. En un momento donde tanto local «vende experiencia», Julián marca la diferencia y dice que ellos no venden más que un plato, donde la marca es el estilo de cocina y la manera en que meten las conservas en todo.
Por eso los sándwiches en Farsantes Club vienen en una bolsita y listos para llevar, sin ningún tipo de faramaña adicional. El que rápidamente se convirtió en el best seller es el Lomito Queso ($5.000), probablemente porque es el más presente en el inconsciente colectivo. La carne de cerdo se cocina a baja temperatura (74° durante dos horas) hasta quedar blanda y jugosa; va con mozzarella y el resto es lo que haría un Farsante. Le puedes sumar chimichurri, que le sube un poco el volumen con su acidez y sabor avinagrado; o la salsa agridulce de membrillo, que agrega una capa de dulzor sin romper la esencia de este clásico. También puedes ponerle un poco de cada una, por qué no.
Y en línea con las tendencias actuales, tienen el Guliveg ($5.500) una opción vegana para personas con restricciones alimentarias. Láminas de betarraga asada con un adobo de mostaza y semillas de cilantro, rúcula, vinagreta de naranja y su encurtido de rabanito con jengibre. Rescatan la dupla de betarraga con naranja, armonía bien conocido que hoy poco se ve. La gracia de este sándwich está en las texturas. Más de una decena de láminas entre betarraga y rabanito apiladas, una pila que se muerde y va cediendo capa por capa, como un mil hojas que sucumbe ante el filo del diente. Gran virtud de estos sándwiches es su pan, hecho en casa, con al menos 24 horas de fermentación, liviano y con una corteza que resiste apenas lo justo.
También hay otras opciones como un bowl hiper proteico con hummus, pollo apanado, arroz, chimichurri y láminas de zanahoria asada; y uno más con falafel, hummus, betarraga, rúcula, repollo y vinagreta de naranja. Casi todo en la carta se mueve entre los 5 y los 7 mil pesos y dicen que el menú cambiará cada temporada para aprovechar la materia prima en su mejor momento.
Si los visita, también puede aprovechar de llevar sus conservas, a la venta en el local y así llevarse un pedacito del producto que dio inicio a esta historia y que sigue siendo el motor de la casa.