Mientras Barrio Italia cambia de vitrinas cada temporada, Silvestre Bistró lleva doce años en la misma casa de Tegualda, con sillas despintadas que no hacen juego entre sí y jaulas de pájaros colgando del techo convertidas en lámparas. La apuesta de Néstor Ayala es terca. Producto fresco, casi nada congelado y una carta que se reescribe cada mañana con lo que llega del mercado, así que nunca sabes con qué te vas a topar.
Hoy la apuesta es por menús de día y de noche que, al igual que toda su carta, van variando. Puede tocar unos ñoquis bajo una boloñesa de cocción larga, con punta paleta cocida en grasa de pato hasta deshacerse, y sopaipillas sureñas, sin zapallo, más livianas que las de acá. De noche cambia el formato, no la idea: una vichyssoise de entrada y un salmón con cremoso de mote, con postre y copa de vino incluidos. La carta también suma burgers, sándwiches y platos para compartir.
Tras doce años de un local sin platos virales ni clichés, simplemente cocinando bien.