Cuando entras a One Noodle lo primero que ves es a dos mujeres trabajando una masa que parece tener vida propia. Verlas estirarla es parte del ritual. Sus manos se mueven rápido, con una precisión que solo pueden darte años de práctica. Toman el bloque de masa, lo estiran hacia ambos lados, lo doblan, lo vuelven a estirar y con cada movimiento los fideos se afinan. Pocos minutos después los ponen en alguno de sus caldos para dar vida a los platos que convertirán a este lugar en punto de peregrinaje obligado para foodies y sibaritas.
Los lamian de Lanzhou -popularmente conocidos en Chile como «ramen chino», aunque no son lo mismo- nacieron en el noroeste de China, en una ciudad que fue punto clave de la Ruta de la Seda y con el tiempo terminaron siendo uno de los platos más reconocibles del gigante asiático. La técnica para estirarlos se transmite de generación en generación, de madres a hijas y de maestros a aprendices. Esta sabiduría ancestral es lo que está detrás de este restaurante, donde tanto la encargada, como las cocineras son oriundas de esa ciudad.
One Noodle está ubicado en calle Abate Molina, cerca del metro ULA, en lo que hoy llaman el barrio chino junto con Gorbea. Una zona que ha cambiado mucho en los últimos años y ´que ahora está llena de restaurantes, tiendas de conveniencia, malls y hasta una pescadería y marisquería china con precios muy por debajo del resto del mercado. Es un proyecto familiar administrado por Fiona junto a su madre Wang Yan y su tía María, cocineras del restaurante.
La disposición de la cocina no tiene nada que ver con lo que se usa en nuestro país. Ollas grandes, profundas, puestas en distintos puntos donde hierven sus distintos caldos, potes con salsas imposibles de pronunciar, encurtidos, proteínas y verduras. Una mise en place quizás caótica en apariencia, pero con toda una lógica y un método detrás.

La carta es acotada, como corresponde en un restaurante monoproducto de este tipo, pero las traducciones -probablemente sacadas de internet- la vuelven un poco confusa. Todo dice «fideos» y luego un apellido: «Fideos con aceite picante«, «Fideos de ternera«, «Fideos cortados con cuchillo«. Estos últimos son más delgados, casi como fettuccine y se cortan con una máquina automática desde un bloque de pasta. Llegan en un adictivo caldo con carne molida, una salsa picante estilo Sichuan, espinaca y otros ingredientes que prefieren no detallar.
Después están los «fideos de intestinos grasos«, que según nos explicaron en el local, no son realmente de intestinos si no que es un problema de traducción. Aquí la clave está en no guiarse por los nombres sino confiar. Para irse a la segura pruebe los de costilla de cerdo, -similares a lo que podría ser un udon japonés- que llegan en un caldo suave y aromático con notas a canela, además de espinaca, perejil y cebollín. Opcionalmente se le puede agregar un huevo por $1.000.
Todos los lamian cuestan $7.000, al igual que los otros dos platos que completan la carta: los wontones y los dumplings. Los wontones vienen en una sopa que, curiosamente, se parece a un caldo de pollo chileno, pero más condimentado. Cada día tienen pequeños platos de guarniciones a mil pesos, que van cambiando según disponibilidad de productos.
One Noodle se siente realmente como encontrar una joyita escondida. No tienen Instagram, no están en Tik Tok, sus platos no tienen nombres rimbombantes y sus fotos tampoco le hacen justicia a su sabor. Es un restaurante liderado por tres mujeres que traen desde la lejana ciudad de Lanzhou, su cultura gastronómica para mostrarla en un barrio cada vez más entretenido de Santiago. Para no olvidarnos que muchas veces donde mejor se come es donde menos lo imaginamos.