El secano interior del Maule, tiene varios viñedos que quedan alejados de caminos pavimentados, en cerros donde no pueden entrar tractores y la cosecha se debe hacer a mano. Parcelas de una o dos hectáreas, plantadas antes de que nadie pensara en mecanizarlas, con nobles y viejas vides de carignan, país, garnacha y otras que llevan más de un centenar de años dando fruta. La mayoría pertenece a pequeños agricultores que durante décadas vendieron esa uva a granel, sin denominación de origen y sin tener clara la calidad de la materia prima que tenían en sus manos. A este terreno es al que entran a jugar viñas como Garage Wine Co.
El proyecto partió en 2001 en un garage -como se puede deducir por su nombre- cuando Derek Mossman y Pilar Miranda empezaron a fermentar uvas en su casa. El proyecto fue creciendo hasta convertirse en una de las viñas boutique con vinos mejor evaluados del país. Hoy producen cerca de 5.000 cajas al año repartidas en 18 etiquetas, trabajan con 13 parcelas distintas del Maule y acaban de ver su vino ícono, el Cru Truquilemu 2021, coronarse como el segundo mejor vino de Chile según el Top 100 del destacado crítico James Suckling.
Ignacio Muller, gerente comercial de la empresa y enólogo de formación, llegó a Garage Wine Co. tras un periodo de vendimias en el extranjero y algunos años trabajando en la industria en Estados Unidos. Su camino al proyecto se dio porque durante años, desde un campo familiar, le vendían fruta a la viña. Cuando Garage levantó capital para crecer, Ignacio y su familia se sumaron al equipo para hacerlo crecer. En entrevista con Guía Comino, cuenta cómo es el trabajo con los pequeños productores del Maule, dónde se paran en el debate de lo orgánico y los desafíos que supuso la vendimia 2026.
Hablemos de los viñedos que trabajan ¿Qué tienen que los hace tan especiales?
Cumplen tres condiciones fundamentales. Son chiquititos, de media hectárea o una hectárea. Están muy lejos de cualquier camino pavimentado, entonces la mayoría de los enólogos no llegaban hasta allá y por lo tanto son difíciles de descubrir. Y son viñedos plantados antes de que existieran los tractores, entonces son imposibles de mecanizar. Cosecha a mano, cuidados manuales, muy chicos. Hasta hoy trabajamos los viñedos a caballo.
Cuéntame del trabajo que hacen con los productores de la fruta.
Tomamos nuestro equipo de viticultura y vamos donde el productor. Le decimos: usted tiene este viñedo, qué le parece si acordamos cómo trabajar la tierra. Entramos con nuestra gente, lo echamos a andar un par de años y después queda en manos de ellos. Ese equipo lo podemos usar para otro viticultor chico de la zona que también tiene fruta espectacular y necesita ayuda para trabajarla. Así revivimos los viñedos y con esa fruta hacemos el vino.
Hay una frase que te he escuchado antes: «todo parte por la fruta».
No se puede hacer vino con mala fruta. Para hacer un vino de cien puntos, necesitas una fruta de cien puntos. El resultado final de un vino depende de cómo se trata al producto en el viñedo. Es cierto que necesitas higiene, necesitas procesos, pero también necesitas materia prima. No puedes hacer wagyu si la carne no es wagyu. Por eso nuestros vinos son de mínima intervención. La potencia está en la uva.
¿Cómo llegan a esos viñedos tan aislados?
Ha habido de todo un poco. Mucho boca a boca. Una vez llegamos a una parcela en Ñame, de un viejito que nos había mencionado a otro productor. Nos dijo: «hay un señor que quiere conversar con ustedes, va a la iglesia los domingos, si lo pillan ahí les puede hablar. Tiene un viñedo en la mitad del cerro, muy aislado, de Carignan». Literalmente saliendo de la misa del domingo nos lo presentaron y ahí empezamos a trabajar con él. Solo contesta el teléfono cuando baja a misa y agarra señal. Así llegamos a esa viña.
De esos campos aislados salen 18 vinos distintos que responden, cada uno, a una decisión específica sobre qué hacer con el fruto de un lugar que no se parece a ningún otro. Tenemos cuatro categorías. Está el cru, nuestro vino ícono, una Cariñena del Maule de la zona de Truquilemu, según nosotros, uno de los mejores tintos de Chile, y también el Vigno. Después vienen las selecciones de parcela, que son tres vinos. Más abajo de las parcelas, diez mezclas tintas distintas. Y al final los vinos de pueblo, o village, que son los que se hacen mezclando más de una parcela. Exportamos a mercados exigentes desde hace casi dos décadas, el consumo local llegó después.
¿Es el mismo tipo de vino el que gusta en Chile y en el extranjero?
Cuando partimos, el perfil de nuestros vinos era más para paladar europeo o extranjero. Más identidad, acidez alta, vinos más vivos, con alma, con cuento. Afuera estaban más atentos a ese mensaje y le daban valor. También tenían un poder adquisitivo que podía pagar por esa botella. En Chile eso todavía no estaba formado y los restaurantes no buscaban muchos vinos de este tipo. Pero el último tiempo la cosa ha cambiado. Garage fue parte fundadora de MOVI, el movimiento de viñateros independientes, y también de Vigno, que es una denominación de origen por estilo y no por lugar específico. Se ha ido preparando el terreno para que Chile esté preparado para consumir este tipo de vinos y hoy los restaurantes sí los buscan. Desde hace algunos años el consumidor chileno busca una experiencia más que solamente tomarse un rico vino.
Y el turista extranjero también cambió. Está dejando de buscar el Carmenère clásico y se está abriendo a vinos como los nuestros. Los proyectos chicos nos hemos dado a conocer y por supuesto que en este diseño los restaurantes juegan un rol clave para potenciar eso.
Natural, orgánico, biodinámico. ¿Dónde se paran ustedes en ese debate?
No nos gusta encasillarnos en esos términos. Las prácticas en nuestros campos son orgánicas, uno es verificado regenerativo, que consiste en regenerar todo el ecosistema alrededor del viñedo, sin pesticidas ni herbicidas, y todos los demás están en transición hacia eso, pero ninguno de los viñedos es nuestro. Les explicamos cómo trabajarlos, trabajamos al lado de ellos y todo es muy orgánico, pero no puedes estar encima de cada productor todo el tiempo. A mi juicio, la certificación orgánica en nuestro rango de precio no se justifica.
En la bodega, nuestro estilo de trabajo es de absolutamente mínima intervención. Usamos un poco de sulfitos después de un año en barrica para que al año siguiente la maloláctica termine bien y nada más.
Pero entonces sí van hacia una agricultura regenerativa…
Más que por consciencia ambiental, que está perfecto, es porque creemos que los vinos así quedan más ricos. La parcela regenerativa tiene fruta cada vez más sabrosa y por supuesto que termina siendo un vino más sabroso. La uva siempre delata lo que hay en su entorno y por eso tampoco se puede dejar de mirar alrededor. Por eso cuando hay incendios los vinos terminan con olor a humo. Pasa lo mismo si tienes maleza alrededor. Los lípidos de la piel atrapan todo eso y se refleja en el vino. Si todo alrededor de las parras está sano, el vino tendrá una identidad mucho más clara del lugar. El vino es reflejo de algo más amplio que simplemente un paño de tierra.
¿Cómo fue la vendimia de este año?
Complicada, rara. Este año se cosechó antes de la fecha histórica y hubo lluvias en plena vendimia en Maule. Si te llueve cuando el viñedo está manejado para no secarse rápido, los racimos se pueden podrir y con fruta podrida no se puede hacer vino. Tuvimos que apurarnos, reorganizar todo, priorizar viñedos y campos, cosechar lo que se podía antes de que se dañara.
Y eso también cambia el perfil del vino…
Los vinos del 2026 van a ser un poco distintos a los de años anteriores. Cuando cosechas antes, lo principal es que va a haber más acidez. Cuando dejas la baya colgando hasta el punto perfecto, el pH sube un poco, así que probablemente van a ser vinos menos alcohólicos. Pero todo está por verse. La mitad de lo que teníamos cosechado antes de la lluvia se cosechó dentro de los parámetros adecuados. Lo que queda depende de que vuelva a entrar agua a las parras, que las bayas se hinchen, que suba el porcentaje de agua. Recién ahí vemos si está listo o si hay que seguir esperando. De todas formas, estos vinos del 2026 recién se van a tomar el 2030. Todos pasan dos inviernos en barrica y dos más en botella antes de salir a la venta. Ahí terminan de redondearse. Todas las vendimias requieren un grado importante de adaptación pero ya estamos acostumbrados a eso.
