Pipa es un pueblo en el noreste de Brasil que está a una hora y media al sur de Natal, justo en la punta más oriental del continente, en su ubicación más cercana a los vientos fuertes y cálidos de África. Precisamente esa brisa incesante es la que –además de hacer tolerables los húmedos 31°– permite que en sus playas se practique surf, kitesurf y parapente, entre otros deportes, que pueblan a la localidad de nómades con narices perforadas que deambulan a pies descalzos entre acantilados y bahías largas con una tabla enganchada a la axila y sus torsos desnudos, bronceados y tatuados.
Las arenas, eso sí, no dejan de ser estereotípicamente canarinhas, al estar equipadas para que familias numerosas se instalen todo el santo día frente al mar sin aburrirse ni pasar hambre o sed. Hay círculos de hombres increíblemente ágiles que juegan al que no caiga en la orilla firme, mojándose de vez en cuando los pies con el agua celeste de las mareas variables. Hay barracas, una tras otra, con sus hileras de quitasoles bajos, sillas de plástico, vasos minúsculos, caipirinhas con azúcar no disuelta, cocos verdes que se toman con pajita y cervezas de litro milagrosamente gélidas en coolers individuales, que una vez vacías se entierran boca abajo en la arena para que el hiperquinético garzón haga un recuento preciso a la hora de cobrar.
A cada rato pasan seres mitológicos de carbón con sus mini parrillas en las que asan los espetinhos o anticuchos de queso coalho, que es uno blanco, salado y chirriante que nunca se derrite, o de camarones carnosos del tamaño de meñiques encorvados, grillados con una exquisita salmuera de aceite y ajo. También pasan carritos con choclo dulce en su coronta, además de otros con açaí o castañas de cajú confitadas y cubiertas en sésamo.
En la Praia do Amor, sin embargo, que es quizás la más bonita y tranquila del pueblo, el contexto se vuelve por momentos tremendamente marplatense, con allegados albicelestes que, convocados por el ritmo de las olas suaves, la samba y el reggae, eligen vivir de la venta ambulante de alfajores, medialunas y sándwiches de milanesa. Es tal la variedad de la oferta que incluso hay un personaje con barba larga y un sombrero como el que determinó que Harry Potter pertenecía a Gryffindor, que traslada brownies –se puede asumir que mágicos– en una lonchera roja, verde y amarilla. También, a ratos, aparecen unas mujeres escurridizas con pinta de profesoras de yoga que venden unos hongos que –advertencia— no son champiñones (algunos vienen cubiertos con chocolate, en todo caso).


Justo encima de esta divina aunque correntosa playa, a 120 escalones de madera casi verticales de distancia, está el Hotel Da Pipa, con sus jardines con árboles de mango de los que a veces caen estrepitosamente las iguanas, que luego pasean por el pasto con alerta o desparpajo, dependiendo de su personalidad. En su espacio central, que recuerda a la tercera temporada de White Lotus, hay una soleada piscina, muy concurrida al atardecer, con ventilador natural y vistas inverosímiles al mar y las palmeras, que hacen de marco para la foto.
En el mismo sector, sobre una terraza amplia con techo polinésico de paja oscura, está su restaurante, en el que a las ocho –tres horas después del precoz amanecer– se sirve el colorido buffet de desayuno. Abundan las frutas del eterno verano, como la sandía y el melón, además de piña y esa papaya que es naranja y larga en vez de amarilla y globosa. A veces también hay pitaya, que es como si el kiwi, la tuna y la betarraga tuvieran una hija muy atractiva, preciosa, que al mismo tiempo es más bien parca, distante. En el mismo plano dulce disponen pies de lima o maracuyá y al menos tres tipos de queques artesanales, llamados bolos, que cambian todos los días: especialmente indulgentes y húmedos son los de zanahoria (tipo carrot cake con naranja), plátano (banana bread con avena) y choclo. Sí, de choclo: es como una pastelera hecha queque, con la textura de la piel de los granos.
Los panes, por su lado, suelen ser bollitos blandos, migosos y algo dulces, mientras que en la zona de huevos revueltos también hay yuca cocida, cuscús y alguna proteína como carne molida, pechuga de pollo o salchicha –ahumada, que se llama calabresa– en salsa atomatada. De la cocina sale queso grillado y tapioca, un crepe blanco y elástico hecho con almidón de yuca, que se puede comer solo o con diversos rellenos: se recomienda huevo, queso y jamón. A la hora de cierre del servicio matutino, a eso de las diez y media, puede aparecer una familia de unos cinco monos tití, muy chicos, chascones y con cara de guaguas viejas, que inescrupulosamente roban sachets de azúcar y aceptan trozos de plátano y uvas, de las que luego escupen los hollejos, los ingratos. Parece que comparten –o anticipan– el gusto humano por el carbohidrato de rápida absorción.
A la hora de almuerzo, tanto en la piscina del hotel como en las calles hay pelotas de ramas entrelazadas que ruedan con el viento, además de algunos grillos que se derriten con el sol y quedan silentes al pegarse a los adoquines grises. Es broma. Una caricatura. Pero la vida se concentra en las playas, donde están todos los comerciantes y turistas, que mayoritariamente comen en las barracas. Sus platos suelen recordar a los de un hotel todo incluido: pollo deshidratado a la plancha; milanesas brillantes; ensaladas de lechuga, tomate pálido y cebolla no amortiguada; papas fritas congeladas con kétchup; pizzas de masa de pan con mucho queso; una que otra pasta recocida; camarones; y algún pescado que en el mejor de los casos está fresco y no seco (y que en el peor de los casos necesita una ducha de al menos tres limas).

Pero hay una excepción, de todas maneras, en la misma Praia do Amor. El argentino de tez dorada y ojos azules que recluta clientes en la orilla explica que es una cocina hecha y derecha con todos los beneficios de la rústica competencia; ergo, los de instalarse por cinco o seis horas en una reposera y poder beber en la vía pública sin vergüenza ni temores.
Ernestina Carnevale es una joven porteña que dejó su bodegón en Buenos Aires hace dos años y abrió este restaurante en una barraca que no es una barraca sino un restaurante que funciona como barraca. Tiene opciones familiares, sí, como hamburguesas y camarones apanados, muy grandes y deseablemente ruidosos al morder. También los tiene al ajillo o en empanadas fritas con queso, a la chilensis. Su bar es óptimo para probar algún trago de autor o una caipifruta, que combina vodka o cachaça con alguna fruta local, como la cajú, que es ácida y con hilachas y por lo tanto queda mejor triturada y endulzada; o la seriguela, un híbrido entre un mango y una ciruela verde, pero del tamaño de una uva grande.
Entre los platos destaca la meca a la plancha (“Peixe Grelhado”), pez espada capturado al frente de la playa que es magro, de sabor sutil y con medallones de estructura similar a los del atún; o la ensalada “Cali”, que es un delirio agridulce de crocancias con yuca frita, castañas de cajú, maíz cancha, rúcula, piña, palta, cebolla morada y aliño de mostaza y maracuyá.
Pero la gran estrella es el “Escondidinho Cali”, su interpretación de un guiso tradicional del noreste parecido a un pastel de papas que lleva puré de yuca y se come caliente y gratinado con queso. En este caso, lo sirven frío, con un ceviche de tilapia de río, similar a la corvina, envuelto en puré de camote, emulando una versión dulce y acevichada de la causa limeña.
Comida
Cuando se esconde el sol, recién pasadas las seis de la tarde, las imaginarias ruedas de ramas que giraban por las calles son pisoteadas por multitudes con camisas de lino y pieles brillantes por el gel de aloe vera, que ante la falta de veredas se toman la calzada y la vuelven supuestamente peatonal, hasta que pasa un auto que toca la bocina para mover a los becerros, o una moto que los esquiva de forma temeraria.

En pleno epicentro del caos, muy cerca de una zona insoportable con casitas blancas, tiendas de bikinis, helados por peso, churros, cookies y unas escaleras muy instagrameables, hay una especie de callejón hacia arriba que termina en el discreto Macoco, un tipo de restaurante que ojalá se pudiera llevar de vuelta en la maleta, para que se instalara en la esquina de la casa.
Así como unas buenas vacaciones, su comida, toda casera, es rica y relajante al mismo tiempo que muestra algo nuevo y deja un recuerdo comunicable. Por ejemplo, arriba, lo cómodo: camarones flambeados con cachaça, los mismos grandes de la playa, con unos chips crocantes de papa. Abajo, el turismo: ñoquis que en vez de papa llevan plátano, con el sabor y dulzor de la fruta y tan al dente que se pegan en los dientes, como masticables (el plato se llama “Camarao com nhoques de banana”). Llevan una salsa líquida de lemongrass con coco que es verde y ligeramente ácida. Menos mal que viene con una cuchara.
El “Alfajor de Colher”, en la misma línea conforto-aventurera, evoca con otras texturas al argentino sándwich de galleta. Consiste en un medallón de semifreddo de dulce de leche, a mitad de camino entre un helado y un mousse, cubierto por ganache de chocolate semiamargo, espolvoreado con galletas y castañas de cajú molidas, con una base de espuma de crema con naranja, que sabe al perfume de su cáscara.
Dirección: R. dos Bem-Te-Vis, 34
Teléfono: +55 84 99159-4602
Instagram: @restaurante_macoco
Justo al frente, en el mismo callejón, está este bonito restaurant de luz tenue y servicio protocolar, que es una infaltable recomendación de los recepcionistas de hotel. Su cocina del mundo, confiable y abundante –un plato se puede compartir entre dos, o dos entre tres–, está liderada por el chef Ricardo Rudney, quien hace un par de años también abrió Rango, una hamburguesería ondera con cerveza artesanal.
Bien afrancesado es su “Pepper Steak”, un filete grueso y a punto con costra de pimienta negra, dos papas enteras doradas y apenas aplastadas, tomatitos confitados y salsa mantequillosa de coñac. Mientras que muy japonés es el “Atum Oriental”, lomito de pez sellado en costra de sésamo, acompañado de un pastelito circular de arroz de sushi, pimentones, cebolla y zanahorias salteadas, mayonesa rabanosa de wasabi y muchísima teriyaki, que es media chifa, con el notorio aporte de la salsa de ostras.
Dirección: R. dos Bem-Te-Vis, 43
Teléfono: +55 84 99467-3099
Instagram: @aprecierestaurante
Más abajo, en un segundo piso frente a la ajetreada calle principal, esta pizzería desafía la predominancia de bases abizcochadas con sus delicadas masas tipo napolitanas de larga fermentación y productos italianos. Sus bordes ligeramente inflados ayudan a aliviar la avasalladora hambruna generada por el largo día entre espuma de sal y rayos UV, mientras que su variedad de combinaciones puede tentar a cualquier tipo de comensal.
Una clásica es la “Bufalina”, por ejemplo, emocionante margarita con salsa chorreante, mozzarella de búfala y tomates cherry confitados. O también la “Diavola”, con pepperoni picante, pimienta y orégano. Más singular en cambio es la “Zucca, Salsiccia e Funghi”, ubicua e impresionante, con su crema de zapallo, salchicha toscana desmenuzada, puré de champiñones, parmesano y aceite verde de ajo con cilantro.
Las pizzas, que son prácticamente individuales, se pueden acompañar con copas de vino, algún cóctel clásico o un chop de cerveza artesanal con cuerpo, una opción novedosa en un contexto sometido a la casi transparente alternativa industrial.

Algo más lejos del alboroto, en el silencioso y amplio final de la avenida central, este restaurant ejecuta una buena muestra de la imagen internacional verdeamarela (al igual que las playas). Tiene una terraza con mesas grandes, lámparas colgantes de cristales de colores, música en vivo que tributa a Natiruts y un atentísimo personal de sala que sirve comida luso-brasileña, con algunos platos funcionales para quienes van a Brasil y esperan comer lo que se presume como típico de Brasil, incluso cuando aquello no represente necesariamente las costumbres de una región singular en un país federal que en realidad es tan grande y diverso como un continente.
Buenas opciones son el filete relleno con espinaca y mozzarella (“Filé Recheado Espinafre e Queijo”), con arroz y papas doradas; y la “Picanha Grelhada”, para dos o tres personas, que es la famosa punta de ganso a la parrilla, corte generoso que se come rosado, con las fibras identificables y la gruesa capa de grasa que humecta con cariño al músculo. Viene con cuencos de arroz blanco; porotos negros; una vinagreta con cuadraditos de tomate, cebolla blanca y pimentón verde; y farofa, que es una suerte de cuscús hecho con yuca rallada, con un dejo a levadura nutricional, que en este caso trae trocitos de castañas de cajú y embutidos.
Y de vuelta en el bullente núcleo de Pipa, en una esquina, hay un bar estrecho y ruidoso de luces azules y bajas, llamado Tapas, que sirve platillos creativos con producto local, sobre todo marino: brilla el atún. También es una de las viejas confiables de los recepcionistas de –aparentemente— todos los hoteles, lo que hace que sea imposible entrar sin hacer cola, especialmente si se está con otros seis adultos –o sea mesa grande– que más encima no quieren esperar (era el caso). Además, como la mayoría de los restaurantes del pueblo, no acepta reservas.
Una opción sería llegar apenas anochece, lo que no deja de ser complejo, por lo contracultural y violento que suena comer a las 18:30. Tal vez, en este caso, hubiera sido óptimo –buena excusa– estar al menos diez días para alcanzar a acostumbrar el apetito a los anticipados movimientos del sol y la luna. O tal vez sería necesario volver, simplemente, pero no de vacaciones, sino que por trabajo (guiño), a ingeniárselas para probar el tan concurrido boliche.