Viña VIK hizo historia. En noviembre de 2025, este proyecto ubicado en el valle de Millahue, región de O’Higgins, fue coronado como la mejor viña del mundo en el ranking The World’s 50 Best Vineyards, superando a bodegas icónicas de Europa, Estados Unidos y Oceanía. El reconocimiento no llegó solo por sus vinos -que incluyen el VIK 2021, calificado con 100 puntos por James Suckling-, sino por una propuesta integral donde cada elemento conversa con el siguiente. La ciencia enológica, la arquitectura de Smiljan Radic y Marcelo Daglio, el arte contemporáneo y una apuesta radical por la sostenibilidad.
Fundada en 2006 por la pareja noruego-estadounidense Alexander y Carrie Vik tras una búsqueda científica de dos años por Sudamérica, VIK se instaló en Millahue -«lugar de oro» en mapudungún- sobre 4.300 hectáreas donde solo 327 están plantadas con viñedos. El resto es reserva natural protegida, hogar de flora y fauna nativa que rodea los 12 microclimas del valle. Aquí, entre la Cordillera de los Andes y la Cordillera de la Costa, VIK desarrolló una filosofía que llaman «enología circular»: desde las barricas tostadas con roble caído naturalmente en sus cerros hasta las ánforas de arcilla excavada de su propio suelo, pasando por levaduras obtenidas de flores silvestres del parque.
Pero VIK es mucho más que una bodega. Es un hotel de 22 suites temáticas con obras de Roberto Matta y Anselm Kiefer, tres restaurantes de cocina de autor, un huerto agroecológico de más de una hectárea y una red de senderos, viñedos y miradores. Aquí presentamos cinco experiencias imperdibles para hacer en la Viña VIK.
Las 4.300 hectáreas de VIK son un parque de aventuras. Senderos de trekking que atraviesan reservas naturales donde se avistan cóndores y pumas, rutas en bicicleta entre los 12 microclimas del valle, recorridos por el huerto agroecológico donde crecen 200 variedades de frutas y verduras. Pero estas actividades no están desconectadas del vino y son la forma de entender su enología circular. Los vinos de VIK reflejan este proceso y muestran las innovaciones desarrolladas por el equipo a lo largo de los años: Barroir, Amphoir y Fleuroir.
El hotel de Marcelo Daglio es un cubo de vidrio con techo de titanio que flota sobre el valle. La bodega de Smiljan Radic se semientierra en una ladera con un techo blanco que parece un ala suspendida. Pero lo notable es el arte: cada una de las 22 suites está intervenida por un artista distinto. Los interiores incluyen un jardín zen con bonsáis y obras de Roberto Matta, Anselm Kiefer, Felipe Cusicanqui, Mario Gómez y Álvaro Gabler. VIK funciona como una obra viva donde paisaje, arquitectura, vino y gastronomía conversan entre ellas.
Pavilion está en la bodega, con vistas de 360° a los viñedos. Funciona de martes a sábado con menús que van de $65.000 a $120.000. VIK Zero, literalmente dentro del huerto agroecológico, opera con huella de carbono cero y todo se cosecha ese mismo día. A partir del 15 de diciembre estrena horario de viernes a lunes y próximamente lanzará una carta estacional. El chef Pablo Cáceres abastece el 90% de sus cocinas con el huerto de una hectárea, donde recupera semillas ancestrales en peligro de extinción.
El valle cambia con cada hora que pasa. Niebla al amanecer que envuelve los viñedos, el techo brillando a mediodía o la luz que transforma el paisaje al atardecer. La geometría de la bodega contrasta con los cerros aledaños. Fotógrafos aficionados o profesionales no tendrán problema en encontrar composiciones en cada rincón. La plaza de agua de la bodega, el jardín zen, las ánforas de STONEVIK semi-enterradas en La Roblería. VIK también invita a la pausa, a sentarse y observar cómo las nubes se enganchan en la Cordillera.
Se ofrecen recorridos a caballo por viñedos, quebradas y cerros con vistas de los Andes. Los caballos son dóciles, aptos tanto para principiantes como para jinetes más experimentados. Las cabalgatas permiten ver las rocas en los cerros, las flores silvestres entre las viñas o los pájaros nativos.