Corría el 2009 cuando Amira Osorio y Dominique Beaumont se conocieron trabajando en una cafetería. Era la época en que el café tostado italiano mandaba en Santiago, cuando nadie hablaba todavía de café de especialidad ni de baristas que ganan torneos. Ahí se hicieron amigas y comenzaron un recorrido que las llevaría a tener una de las cafeterías más populares de la ciudad.
La historia de La Huérfana comienza por necesidad. Amira, con una hija pequeña, empezó a vender brownies, muffins y queques porque era un trabajo que podía hacer desde casa. Tuvo buena recepción vendiéndole a cafeterías, formalizó su negocio y acudió a su amiga Dominique para llegar a un público más amplio. Junto a ella se hicieron cargo de un coffee break y ahí, en parte por necesidad y en parte por querer hacer las cosas de una mejor manera, empezó a surgir la idea de tener una cafetería propia.
En 2018 llegó la primera versión de La Huérfana, en una casona del barrio Yungay. No fue por romanticismo, ya que ambas necesitaban un trabajo que les diera libertad con sus tiempos y un espacio protegido donde no hubiera malos tratos como había sido la tónica en muchos de sus trabajos anteriores. De ahí viene el nombre, una mujer sin protección, sin seguridad.
«No nos olvidamos de cómo nos trataron en muchos lugares. Abrimos La Huérfana porque sabíamos que las cosas se podían hacer de otra forma y el concepto de La Huérfana es precisamente la ética que está detrás del negocio», explica Amira.
Esa ética tiene tres pilares: comercio justo, proveedores locales y gastronomía sostenible. En 2018 era una apuesta atrevida y aunque hoy puede sonar como la declaración de principios de cualquier emprendimiento, en La Huérfana se nota en cada detalle. El café, los panes, la bollería, las mermeladas, los encurtidos. Todos sus productos tienen nombre y apellido.
En 2021 se adjudicaron la licitación del Palacio Pereira, un edificio patrimonial en calle Huérfanos recientemente restaurado y que hoy funciona como centro cultural. Fue un salto decisivo. De golpe, políticos y autoridades empezaron a almorzar ahí. La Huérfana pasó de ser un café de barrio a convertirse en referente.
La carta es la misma que en el Palacio Pereira e incluso mantuvieron los mismos precios. Hay espresso ($2.200), cortado ($2.700), capuchino ($3.000) y todas las opciones de cafetería clásica que se pueden acompañar con un brownie ($2.000), el mismo que Amira vendía cuando recién empezaba.
El pan que utilizan en sus preparaciones es de Pan de Villa, esa panadería del barrio París-Londres que hace hogazas de masa madre con harina, baguettes o pan de molde. Las trilogías de chocolate y los croissants también vienen de ahí. Las Tostadas Palta en molde integral ($3.600) o el Sellado Jamón Queso en croissant ($3.400) son los favoritos de sus comensales.
Los encurtidos y las mermeladas son de Akapacha, un emprendimiento con ingredientes locales y sostenibles del norte de Chile. Una de las grandes virtudes de La Huérfana es la curatoría que hacen de sus proveedores, porque además de apoyar emprendimientos locales entienden la importancia de trabajar con materia prima de calidad.
En el café ocurre lo mismo. Desde 2022 trabajan con Artisan Roast, un tostador local que compra granos verdes directos a productores y en subastas. Ahora tienen un blend hecho especialmente para La Huérfana con 60% de un Brasil natural y 40% de un Perú lavado. Cuando se acabe, lo cambiarán por otro que también será hecho exclusivamente para ellas.
Para los filtrados ($3.500) mantienen dos o tres orígenes distintos de micro tostadurías que van rotando y por primera vez incorporaron cafés tostados en origen. El primero es un Perú de Oasis, del productor Fredy Pilco.
La Huérfana es un proyecto que se tomó en serio el «hacer las cosas bien» sin quedarse en un eslogan. Aunque cueste, llevan años demostrando que se puede pagar justo, trabajar con pequeños productores, mantener precios accesibles y no explotarse en el camino. Este nuevo local es una apuesta por seguir construyendo comunidad y expandiendo su manera de hacer las cosas en una zona donde aún queda vida de barrio.