Fotografías: Sebastián Utreras y cortesía Ana María Barahona
Ana María Barahona es directora editorial de la revista de La CAV y una de las voces más autorizadas del vino chileno. Lleva más de 20 años escribiendo sobre vinos y en 2023 fue reconocida por Women in Wine and Spirits como una de las 50 mujeres más influyentes del vino a nivel mundial.
Al vino llegó de casualidad. Como periodista recién salida de la universidad, le interesaban muchas cosas, pero los tintos y blancos no estaban entre ellas. En su búsqueda por encontrar nuevos espacios donde escribir, comenzó a trabajar en una agencia y le pidieron escribir para la revista Vendimia. Ese fue su primer acercamiento al vino.
No fue un flechazo. Fue más bien un pololeo largo que fue madurando con los años. Le empezó a tomar cariño al tema, pero no tanto a las copas en sí, sino a las personas detrás de ellas y a lo que significaba entender los vinos desde el lugar, desde quienes los hacen. «Yo soy periodista antes que crítica de vino, era normal que me interesara primero por las historias», dice. Frase que resume bastante bien su forma de trabajar.
Lleva casi 17 años en La CAV, donde preside la Guía de Mesa de Cata que acaba de lanzar su edición 2026. Esta guía, con más de dos décadas de historia, se ha convertido en uno de los grandes barómetros del vino chileno y es una herramienta clave para quienes quieren comprar etiquetas nacionales. Su panel -también conformado por Alejandro Jiménez y Sebastián Lobos, bajo la coordinación técnica de Guillermo Bilbao- degusta completamente a ciegas, un ejercicio transparente y cada vez menos común en este mundo. «Cuando a alguien no le gusta su puntaje es complicado. En ese sentido estoy muy consciente del deber de ser totalmente profesional, rigurosa y honesta en esto», reconoce, pero este atributo es el que da mayor validez a la Guía.
En entrevista para Guía Comino, Barahona repasa el estado actual de la industria vitivinícola chilena, sus tendencias, crisis y esperanzas.
Hay productores tanto grandes, medianos y pequeños que armaron o que han definido su proyecto en base al lugar donde están emplazados. Si definiste Quebrada Seca, Limarí, vas a tener Pinot Noir y Chardonnay. Si definiste Maule o Itata, vas a tener que tener una base sólida en País, Cinsault, Semillón.
Hace poco fue la ceremonia de premiación de La CAV. ¿Qué tendencias identificas o qué diferencias ves con años anteriores?
En la mesa de cata degustamos a ciegas. En lugar de nosotros marcar una pauta de hacia dónde debería ir el consumo de vinos, solo vamos captando lo que nos llega en base a nuestro paladar. Si miro los resultados, hay cosas que permanecen. En el rango alto encontramos vinos elegantes y con buena frescura. Sean mezclas o Cabernet Sauvignon de Maipo, la mayoría de las viñas están yendo por ese camino.
Lo que sí puedo constatar, que valoro y que no existía antes, es que hay productores tanto grandes, medianos y pequeños que armaron o que han definido su proyecto en base al lugar donde están emplazados. Si definiste Quebrada Seca, Limarí, vas a tener Pinot Noir y Chardonnay. Si definiste Maule o Itata, vas a tener que tener una base sólida en País, Cinsault, Semillón.
Creo que hay un trabajo claro en proyectos que tienen más visibilidad, que hoy reciben buen puntaje por nosotros o por otros críticos de afuera. Son lugares identitarios que tienen cepajes que identifican eso.
¿Cómo convive esa búsqueda de identidad con la realidad comercial de la industria?
Hay que entender que ha sido un año complejo para el vino chileno, entonces hay viñas que buscan números azules con estrategias más comerciales. Las ventas en mercados importantes han caído y el precio por dólar de la caja sigue en 27 dólares FOB (Free on Board). Para una viña mediana no tener Cabernet Sauvignon, Carmenere o Sauvignon Blanc es impensado, porque tienen que hacer volumen y presentarse al mundo con las principales variedades que hablan de Chile en mercados de exportación.
También es bonito lo que pasa con las cepas mediterráneas. El cambio climático ha sido tan marcado que han aparecido estas variedades que me encantan como Garnacha y Carignan, que aguantan más calor. En los últimos dos años el mejor rosado de la Mesa de Cata de la CAV ha sido Reforma de Longaví, Garnacha sobre pies de País de 100 años. Ellos usan estas plantaciones para sacar este rosado muy particular, muy rico y distinto a los rosados antiguos que eran todos con el descarte de la bodega.
Creo que vamos a empezar a hablar de spots chiquititos dentro de los grandes valles porque hablar de Maipo, Maule o Colchagua es súper genérico. Lolol es muy distinto a Paredones o Peralillo y cada vino tiene que mostrar las condiciones de suelo según esos lugares.
En ese sentido ¿qué búsquedas creativas están tomando hoy los vinos chilenos?
Me parece fascinante lo que se ha hecho en el Norte Verde. Intentar poner una D.O. parece factible, pero hay una búsqueda de estudios para homologar características comunes de esta zona. Si miro la guía o si miro todos los Chardonnay del Norte Verde, tienen estilos completamente distintos. Caliza de Tabalí es distinto a Amelia de Concha y Toro, primero porque están en viñedos completamente distintos en composición.
Luego hay una definición de la casa que está marcada porque los equipos son distintos. Te pueden pasar la misma uva, pero tú como productor también le vas a dar tu propia identidad. Eso lo vemos en la Convención de Vinos del Norte Verde. Hay cosas completamente distintas, pero hablan de un mismo lugar. Tienen en común la mineralidad, se siente la camanchaca, la fruta en nariz es más austera, la boca va a depender de si tiene más o menos madera, pero hay un lugar que se expresa en cada una de esas copas.
En la categoría País tenemos Tierra de Pumas de Roberto Henríquez y Lonquén Arriba de Carter-Mollenhauer, que ya es segundo año que gana. Son expresiones de País muy distintas, pero muy complementarias. Cada una depende de dónde se cosecha, pero también de la definición que quiere Roberto (Henríquez) o qué quieren Edgar (Carter) y Karine (Mollenhauer).
En términos generales, lo más interesante que está haciendo Chile es eso. Productores que tomaron un lugar, lo asumieron como propio, como definición de su marca y desde ahí logran llevarlo a una botella de vino con la que ellos creen que es la mejor expresión para esa cepa.
¿Qué otros valles emergentes crees que pueden ser los próximos en dar grandes vinos?
He tenido la suerte de ir a Osorno o a Chiloé y me parecen lugares fascinantes. Hay un Chardonnay que ganó en nuestra guía que se llama Kosten, de la Patagonia, una producción muy chiquita. Cuando lo probé hace 3 años quedé impresionada pero no sabía si se iba a seguir intentando porque las condiciones climáticas son muy dramáticas, hay años que cuesta que la uva madure. Lo mismo que pasa en Chiloé. Son spots chiquititos, pero ya son una realidad.
Me encantaría pensar que se van a abrir otros valles, pero creo que hay que darle tiempo. Más que hablar de una súper novedad, te nombraría Cauquenes. Un lugar que tiene su propia forma de expresar Cabernet Sauvignon o las mezclas mediterráneas. Creo que vamos a empezar a hablar de spots chiquititos dentro de los grandes valles porque hablar de Maipo, Maule o Colchagua es súper genérico. Lolol es muy distinto a Paredones o Peralillo y cada vino tiene que mostrar las condiciones de suelo según esos lugares.
No creo, en términos personales, que haya que demonizar al vino ni mezclarlo con otros alcoholes. Hay estudios que dicen que no es tan saludable como dicen en el tema de la dieta mediterránea, pero sí creo que es un alimento, que es parte de nuestro patrimonio y estoy convencida que es la bebida que nos ayuda a sociabilizar de mejor manera, que produce una unión familiar o de amigos y tiene una distinción emocional que otras bebidas no logran.
Chile produce cerca de 930 millones de litros de vino al año y es el cuarto exportador mundial, pero los chilenos consumen apenas entre 13 y 14 litros per cápita anuales, muy por debajo de países como Italia o Francia que superan los 40 litros, o incluso Argentina con 24 litros. Más grave aún, solo el 13% de los consumidores chilenos bebe vino varias veces a la semana. Estos números son síntomas de un problema más profundo que tiene a la industria en alerta.
Estas cifras son más preocupantes aún si consideramos que las nuevas generaciones se están alejando del vino: según un estudio de Criteria para Vinos de Chile, solo el 40% de los menores de 30 años declaró que le gusta el vino. Esto significa que la industria enfrenta un desafío generacional que podría redefinir el futuro del consumo vitivinícola en el país.

El consumidor chileno -y mundial- también ha cambiado: ¿qué patrones de consumo observan actualmente en términos de estilos, rangos de precio o formatos?
Es brutal lo que pasa con el consumo e incluso fue un tema de portada de nosotros a mediados de año. Wines of Chile hizo un estudio para ver qué ocurría en Chile en base a lo que veníamos viendo de otros países consumidores de vino. La historia era muy buena porque Marco Silva, el investigador, decía que antes tú ibas a un asado y todo el mundo iba a tener vino. Hoy, lo que seguro hay es cerveza.
Hay una baja en el consumo de alcohol en general. La gente quiere tener una vida más saludable y el vino se ve también como algo más de viejos. Tengo un hijo de 19 años que me ha visto toda la vida tomando vino, pero probablemente esa generación lo siente muy alejada de sus códigos de consumo habituales, en un mundo cada vez más dominado por bebidas con burbujas y tragos bajos en alcohol.
No creo, en términos personales, que haya que demonizar al vino ni mezclarlo con otros alcoholes. Hay estudios que dicen que no es tan saludable como dicen en el tema de la dieta mediterránea, pero sí creo que es un alimento, que es parte de nuestro patrimonio y estoy convencida que es la bebida que nos ayuda a sociabilizar de mejor manera, que produce una unión familiar o de amigos y tiene una distinción emocional que otras bebidas no logran.
¿Da para preocuparse?
Creo que es un minuto complejo, todo el mundo tiene susto de lo que va a pasar con esta generación. No se siente atraída por el vino y no estamos logrando hablarle en fácil.
A mí me jode cuando las organizaciones entran en crisis. Varios productores no están de acuerdo con la mirada de salir a vender el stock de bodegas a precio barato o de hacer vinos dulces o saborizados. Todas las grandes marcas están sacando etiquetas por ese lado. Yo soy muy crítica de eso pero no hago vinos, no tengo que sacar adelante una empresa que produce vinos y quiere ser rentable. Dicho esto, si queremos ser un productor importante, no podemos olvidarnos de la educación.
Estamos matando miles de esfuerzos reales por hacer vinos de calidad al hacer estos productos que a mí personalmente me molestan. No soy productora, entiendo que es un negocio, pero me resulta contradictorio que el discurso sea que sigamos vendiendo vinos buenos, bonitos y baratos y que por otro lado saquemos vinos saborizados.
Dicen que los vinos saborizados pueden ser una puerta de entrada al mundo del vino.
Es una forma de verlo. Suena bien en el discurso, pero la intención de hacer este tipo de vinos es vender, no es educar ni que lleguen nuevos consumidores.
Acabo de hablar con Isabel Giulisasti (vicepresidenta de vinos finos e imagen corporativa de Concha y Toro). Ella me dijo que estos mundos tienen que saber convivir en las grandes compañías. Me encanta escuchar que ella es capaz de decir que hay que salir a vender porque es un producto que piden los mercados, pero que el foco para ella va a ser Amelia, los vinos de Limarí, para dar a conocer este lugar. Durante muchos años han podido convivir estos dos mundos, solo espero no salga ganador el vino saborizado.
Veo una esperanza real. Este ciclo, siendo de los más duros para el vino chileno, pero también a nivel mundial, es un ciclo que se va a ver superado. Dudo que dejemos de beber vino.
Pasemos a la mesa. ¿Cómo evalúas el rol que está tomando el vino en los restaurantes? ¿Está creciendo su lugar en las cartas o el interés por maridajes?
Partimos hace 3 años con las mejores cartas de vino y una de las labores importantes que hemos hecho como revista es tratar de mostrar el trabajo de gente comprometida con la diversidad de Chile y que eso comulgue con su propia gastronomía.
Este año titulamos nuestra nota «La hora de los creyentes» porque tiene que ser gente apasionada y con ganas de mostrar esa identidad porque lo que suele pasar en el rubro es que castigan el vino. Los distribuidores le pagan a los restaurantes por tener ciertas etiquetas y son vinos ricos, pero no puede ser que todos los restaurantes tengan el mismo Cabernet Sauvignon, Sauvignon Blanc o Chardonnay porque eso deja poco espacio para que se vean otros productores u otros valles.
Nuestra mirada tiene que ver con valorar la diversidad, valorar a los pequeños productores y que haya un sentido de identidad. En los primeros lugares se nota claramente que hay un propietario que define una línea editorial. Para alguien tradicional ir a Casa Brotherwood es muy raro, probablemente le acomode más un lugar como Baco u Ocean Pacific’s, pero hay una curaduría, hay una identidad, hay un trabajo y hay un consumidor que está exigiendo más. Baco fue quien marcó este camino porque antes ¿dónde ibas a tomar copas de vino?
Hoy existen lugares donde ofrecen vinos ícono por copa y puedes hacer un viaje cultural por los vinos chilenos. El panorama es mucho mejor que antes.
¿Cómo ves hoy la conversación pública en torno al vino?
Hoy el gran tema que envuelve al negocio del vino es que fue un año súper deprimente. Hay mucha gente muy desesperanzada, productores con más de 20 años que nunca habían tenido una temporada tan mala. El discurso es bastante poco esperanzador, pero creo que también es algo cíclico. Como llevo tanto tiempo escribiendo, no veo todo oscuro. Lo que sí es una realidad es la cantidad de hectáreas de viñedos que han sido arrancadas y que en términos de negocios van a haber fusiones, marcas que van a desaparecer o que van a ser absorbidas por otras más grandes.
Por otro lado, creo que existe una voluntad real de los productores de tratar de acercar el vino a la gente. Veo todo tipo de esfuerzos y hay cada vez más ferias, degustaciones, grupos de cata. Me pasa que es raro porque veo y escucho y sé que es real lo que viven los productores de vino, pero por otro lado veo que en La CAV estamos terminando el año con un número de socios que no veíamos hace mucho tiempo.
Hay mucha gente interesada en seguir aprendiendo de vinos. No soy capaz de reconocer si es esnobismo o interés real porque son públicos muy diversos, pero sí puedo decirte que cada día entra más gente, que cada día hay más interesados y que estamos viendo cómo llegar más fuerte a regiones. La mitad de nuestros socios están en regiones. Desde ahí veo una esperanza real. Este ciclo, siendo de los más duros para el vino chileno, pero también a nivel mundial, es un ciclo que se va a ver superado. Dudo que dejemos de beber vino.