A fines del siglo XIX, Valparaíso era uno de los principales centros comerciales de América Latina. Ingleses, alemanes, italianos y croatas llegaban en barco buscando oportunidades en el comercio del salitre y la navegación, y se instalaban en los cerros con sus tradiciones, sus arquitecturas y su manera de entender el mundo. Muchos de ellos construyeron mansiones con vista al mar, fundaron clubes sociales (o deportivos) y dejaron una huella de la que todavía quedan vestigios en el Cerro Alegre. El Palacio Astoreca es uno de los testimonios vivos de un Valparaíso cosmopolita que fue puerto de llegada para tantos.
Ubicado en el Paseo Yugoslavo, a pasos del Museo Baburizza en pleno Cerro Alegre, es uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad. Este palacio de estilo victoriano fue construido en 1923 por encargo de Francisco Petrinovic, empresario croata del salitre, quien contrató al arquitecto Vicente Colovich para diseñar esta mansión como regalo para su esposa inglesa. El resultado fue uno de los edificios más imponentes de la ciudad, con una arquitectura característica que rápidamente se transformó en referente porteño.
En 2009, Vincent Juillerat y Francisca Joannon decidieron rescatar el palacio y darle una nueva vida. Encargaron la restauración al arquitecto Matías Klotz, quien trabajó para preservar el encanto original mientras incorporaba las comodidades de un hotel contemporáneo. Tres años después, en 2012, el Palacio Astoreca abrió sus puertas como hotel boutique de cinco estrellas.
Hoy el hotel fusiona dos propiedades patrimoniales en un solo complejo y ofrece 23 habitaciones distribuidas en cuatro categorías. Las Standard se reparten en los tres niveles del hotel y ofrecen espacios íntimos con vistas hacia laterales del hotel, jardín o calles vecinas. Pueden habilitarse como habitaciones twin y algunas permiten camas adicionales. Las Premium se ubican en los niveles dos y tres, la mayoría con vistas parciales a los cerros y parte de la bahía, decoradas con muebles antiguos rescatados de anticuarios locales combinados con elementos modernos. Las Junior Suite suman amplios espacios, algunas con balcón, con vistas compartidas a la bahía y cerros del puerto. Las Suite Deluxe ofrecen vista privilegiada hacia la bahía de Valparaíso y cerros de la ciudad desde su terraza o balcón, combinando detalles de antaño con lo moderno.
El hotel también cuenta con spa que incluye piscina temperada, sauna y hot tub, ideales para una jornada de autocuidado, antes de salir a recorrer las galerías de arte, miradores y casas patrimoniales que hacen del Cerro Alegre uno de los sectores más reconocidos de Valparaíso.

Dentro del mismo hotel funciona desde hace un año esta trattoría dirigida por el chef ejecutivo Cristián Gómez, el mismo nombre detrás de Circular. La propuesta es clara: cocina italiana tradicional con algunos giros que se escapan de lo habitual y que le dan su propia identidad.
El ambiente juega directamente con los códigos de una trattoria de barrio. Manteles a cuadros rojos y blancos, música italiana de fondo y un servicio que se siente cercano. Las pastas se hacen en casa, trabajadas con técnica para lograr texturas y cocciones que están a la altura de lo que prometen.
Para comenzar, la Ensalada Caprese ($10.000) funciona bien como entrada. Tomates frescos, mozzarella, albahaca y aceitunas negras y verdes conforman un plato veraniego que se sostiene en su buena materia prima. También está la Berenjena a la Parmesana ($9.000), una versión de la casa de la tradicional Parmigiana italiana, donde la berenjena grillada se dispone en láminas con pomodoro y mozzarella, terminada con pesto y albahaca. Favorito de muchos.
Uno de los platos que mejor representa la cocina de la casa es el Gnocchi Cacciatore ($14.000), que significa ‘cazador’ por los ingredientes que lleva la salsa. Aquí se combina cebolla, hongos ostra y portobello, callampas deshidratadas que concentran umami, tomate, albahaca y aceituna. El resultado es un plato contundente, con varias capas de sabor que van apareciendo a medida que comes el plato.
Otro imperdible son los Tortelloni ($17.000), rellenos con pierna de cerdo en cocción lenta y luego ahumada, acompañados de una salsa de crema de guanciale con gorgonzola, cebollín, cebolla y ajo. Reconfortante, directo y con una potencia de sabor que justifica el dicho «guatita llena, corazón contento».
La carta de vinos apuesta por productores chilenos de baja intervención como Villard, Tinta Tinto, Ranquilhue y López Pangue. Una cocina italiana con personalidad propia, en un espacio que vale la pena visitar.