Normandía: una ruta gastronómica entre mar, sidra y camembert

Desde el bullicio de Paris hasta la costa norte de Francia, un recorrido de sabores marinos, mantequilla salada y cocinas desde el territorio a la mesa.

La ciudad del amor, por más cliché que suene, cumple las expectativas de cualquiera turista que tenga la suerte de caminar por sus calles. En cada esquina hay una brasserie prometedora, los bordes del Sena funcionan como el mirador perfecto para sus edificios más emblemáticos y las boulangeries hipnotizan con su ritmo y abundancia de brioches, tartelettes, éclairs y, obvio, muchas baguettes. Literal, un sueño; y la puerta de entrada para adentrarse en la cocina de un país rico en ingredientes, técnicas y tradiciones que han marcado la gastronomía a nivel mundial.

No obstante, basta con manejar dos horas hacia el norte para situarse en un panorama -y sabor- completamente diferente. Normandía, de escenarios costeros, vientos y una fuerte herencia medieval, se impone como una región conocida por sus paisajes -la abadía de Mont Saint-Michel, los acantilados de Étretat, y el puerto adoquinado de Honfleur, entre muchos otros-, pero también por ser un lugar donde el tiempo parece ir más lento y la cocina se construye desde el producto. Aquí manda la sidra, el caramelo con mantequilla salada, los quesos AOC, y su generosa despensa marina de ostras, pescados frescos y mejillones, que dan vida a preparaciones identitarias como los Moules Frites.

 

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Un plan para las mentes organizadas

Ya sea por conocer los lugares que inspiraron a artistas como Monet y Boudin, Renoir o Degas, o cada punto clave de la Batalla de Normandía, esta región se puede vivir de diferentes maneras según el interés. Sin embargo, conocerla a través de su comida permite entender su geografía, su clima, y el porqué es un favorito entre los retirados, quienes acá encuentran calma y buena vida para su vejez. 

Como primera parada, Étretat recibe con un silencio sorpresivo. La mayoría de los visitantes están arriba en los acantilados apreciando las vistas, pero, al bajar, La Mer á Boire —boutique de delicatessen al final del paseo costero— actúa como vitrina de los sabores normandos de este viaje. Entre sus estantes conviven un popurrí de productos: calvados, sidras y pommeaux de pequeños productores; mermeladas y mieles; los famosos caramelos de mantequilla salada; y conservas de sardinas en todas sus variedades.

Aunque es realmente Bretaña la región que destaca por sus enlatados artesanales, aquí de igual forma son casi una institución: a 170 metros se encuentra la famosa tienda La Belle-Iloise que, desde 1932 se consagra como una de las casas más emblemáticas del rubro. Sus diseños varían según la receta —al aceite de oliva, limón y hierbas, mantequilla salada, tomate, mostaza antigua, pimiento y especias suaves—, y están pensados para ser un excelente souvenir o colección para quienes los visitan.

Siguiendo el camino, a 50 minutos en auto se encuentra la ciudad portuaria Honfleur, famosa por sus pasajes adoquinados, sus casas estrechas y por ser el epicentro de inspiración de destacados artistas del Impresionismo. Le Vieux-Bassin (el viejo puerto) es la postal que la distingue: el casco histórico de la ciudad. Lo rodea agua, botes y veleros de todos los estilos, pero también una fila de restaurantes que prometen almuerzos y cenas relajadas de cocina local.

Le Phare des Ours lo atiende su propio dueño y, entre un español medio flojo y una sonrisa, junto a su compañero reciben sus comensales para entregarles las recomendaciones necesarias para probar la mano de sus cocineros: un menú con entrada, fondo y postre, que puede iniciar con una variedad de gambas y mariscos o una sopa de pescado del día, para seguir con Moules-frites con salsa camembert o un Faux filet de Boeuf con salsa a la pimienta y papas fritas, entre otros platos disponibles.

La recomendación es recorrer sus calles llenas de tiendas de dulces, quesos y sidras, abastecerse para la noche y terminar en la boulangerie Les Petits Dupont. Abierta desde 1912, esta casa de té es reconocida por generaciones por su elaboración de pasteles, chocolates, dulces y panes frescos; un ícono e imperdible del lugar con más de 100 años de historia. 

Ya al día siguiente, se inicia rumbo hacia Mont Saint-Michel para conocer la abadía medieval benedictina que, desde 1979, fue nombrada como Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO. La vista y caminata hacia el castillo es imponente y, al acercarse, diferentes detalles llaman la atención sobre su arquitectura. Como buen lugar turístico en cada restaurante hay fila, solo queda ser paciente y esperar o, como los más ingeniosos, traer un picnic y comer a los pies del castillo. No obstante, siempre hay un espacio para el postre, sobre todo en este país. Le Petit Breton se encuentra en el corazón de la isla y ofrece helados artesanales de sabores de temporada; una pausa antes de seguir camino.

 

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Un pequeño adelanto

Saint-Malo no es parte de la región normanda, pero se encuentra a 45 minutos en auto desde la abadía. Es la última parada perfecta antes de volver a París, y un sneak peek de lo que es Bretaña. Al entrar a la ciudad amurallada, de inmediato llama la atención que tanto locales como turistas caminan con sus bolsas de la boutique Les Délices du Gouverneur. Es un ícono de la ciudad y sus tartas Kouihn Amann atraen a todos con su olor a mantequilla y azúcar, y sus productos que se elaboran ahí mismo; una atracción del lugar. Su hojaldre arrollado es digno de su fama y cada mordisco te hace querer comer uno tras otro. 

Ahora, para un ambiente más ondero y relajado, La Belle Epoque ofrece desde cócteles clásicos hasta cervezas artesanales de la zona. Todos los días desde las 17:00 hasta las 3:00 horas recibe a quienes quieran distenderse, pasarla bien, y jugar un partido de pool o dardos con amigos. Es el bar de confianza, que nunca decepciona: buena música, tragos, y el cierre perfecto de un viaje sin apuros de bocados y paisajes.

 

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De regreso a París

Ya de vuelta el contraste se siente: el ritmo se acelera y cada brasserie estalla de gente que disfruta, conversa, o simplemente mira a quien pase por su lado. Está todo como antes, pero de todas formas hay una sensación distinta; después de Normandía, este país ya no se entiende por su gran capital, sino también por sus ricas regiones de productos y tradiciones.

Al volver a la ciudad del amor la mirada está más atenta: hay conocimiento de que detrás de cada bistró, boulangerie o mercados hay ecos de territorio. Y es por eso que Francia se prueba de viajes, pausas y sabores, que te acompañan en cada kilómetro.

 

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