Las cafeterías de especialidad hace rato que dejaron de ser una tendencia para convertirse en un espacio que forma parte de la rutina de muchos. Una alternativa más económica a un restaurante que funciona igual de bien para tener esa conversación pendiente que nunca se deja de postergar.
Aunque también las cafeterías se han convertido en un espacio de tránsito individual, en un pit stop -como le dicen en la fórmula 1- para recargar el cuerpo de cafeína en cualquier momento del día.
Musgo Café es uno de los últimos espacios de este tipo que abrió sus puertas hace un par de meses en Ñuñoa, entendiendo que uno de los principales aspectos de una cafetería es que debe hacer que el comensal se sienta como en casa.
Por eso optaron por un espacio ubicado a pasos de metro Ñuñoa, con un techo alto, cuadros colgados en las paredes, una alfombra típica de hogar, un rack clásico de living al que solo le falta la tele encima y una iluminación cálida.
Sofía Salas es el nombre de la barista y artista visual a cargo de crear un espacio que no pretende ser más que un cómodo y acogedor tercer lugar donde tomar un buen café.

En la barra de Musgo Café encontramos que el foco está puesto principalmente en dos productos. Por un lado el café, con una propuesta clásica de cafeterías de este tipo y tostadores que van rotando para los filtrados. Por el otro el matcha, para el que respetan todos los pasos del proceso buscando entregar una bebida que no sea ni excesivamente pastosa ni grumosa.
Y eso empieza por el agua, que nunca llega a hervir. Pasados los 80° el polvo se quema y suelta notas excesivamente acres que luego no hay como quitar. Recién cuando baja la temperatura entra el chasen, el batidor de bambú, que trabaja la taza hasta que no queda un solo grumo. Un matcha bien hecho se reconoce en su textura suave y en su sabor, equilibrado y ligero, muy distinto a algunos que son excesivamente amargos. El polvo que utilizan es de nivel ceremonial y viene de China, cuando lo habitual en Santiago es que el origen del mismo sea Japón.
El formato más clásico es el matcha latte ($3.800 caliente, $4.200 frío), aunque también se ofrece en formato matcha-chai ($4.300) o strawberry matcha ($4.200).

En la tolva de la máquina hay un café colombiano de Andariego, de tueste medio, como todos los perfiles que trabajan en Musgo. De ahí sale el espresso ($2.400), el flat white ($3.000), el cortado ($3.100) y la base de casi todo lo que se pide en la barra.
El filtrado en cambio, actualmente sale con granos de Mal Portado, pero los tostadores que utilizan van rotando. La idea es que quien viene por un V60 ($4.000) no se encuentre siempre con el mismo perfil y pueda probar las distintas manos de una escena cada vez más robusta de tostadores.
Su vitrina es acotada, pero bien curada, con las infaltables galletas veganas y el banana bread ($3.300) de Aikuki. También tienen un rollito de canela ($3.500) de Mundo Croissant, local vecino que está ubicado a pocas cuadras. La propuesta dulce se completa con pastelería de Lagar, que va cambiando semanalmente. Y de esta misma panadería llegan también las dobladitas de jamón queso ($2.800), que hacen que uno se pregunte por qué, teniendo un pan tan maravilloso como este, no se ve más en cafeterías o restaurantes.
Musgo Café lleva un par de meses abierto y crece a pesar de todo, como la planta que le da el nombre. Ideal para los vecinos del sector y para aficionados del café o amantes del cada vez más popular matcha.
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