El Putamadre es uno de los pocos lugares en Santiago que aún guardan el espíritu de las viejas peñas folclóricas. Por décadas fueron el lugar donde la música chilena tenía un espacio para sonar en vivo, un lugar de encuentro social y cultural para las tradiciones locales. Pero como ocurre con muchas cosas, el tiempo, la modernidad, la globalización y las nuevas costumbres las han ido matando poco a poco. Con cada peña que cierra se va un pedazo de cultura popular que de seguir en esta línea, en algunas décadas solo vivirán en el recuerdo.
El propio Putamadre estuvo a punto de sumarse a esa lista. Tenía un galpón en Franklin para doscientas personas, una peña de las grandes con las que la pandemia no tuvo piedad. Por un tiempo estuvo cerrado y que haya vuelto a abrir es la excepción a la regla. Un recordatorio que de estos lugares quedan pocos y conviene cuidarlos mientras aún existan.
En esta nueva vida, llegó a Barrio Yungay, a una casa de dos pisos en Huérfanos 2897 con capacidad para cerca de ochenta personas cuando está lleno. Detrás del proyecto está el mismo Antonio Aravena, que se resignó a cerrar su peña y le dio una segunda chance, ahora como un híbrido entre un bar y restaurante con alma de espacio de encuentro musical y cultural.
Los viernes y sábados hay música chilena en vivo, con Daniel Muñoz como uno de los invitados recurrentes. Los domingos al almuerzo se hay stand up comedy, los miércoles lectura de poesía y entremedio también meten otro tipo de eventos como exposiciones de arte, lanzamientos de libros y muchas otras. Lo local está decorado por regalos de que llevan los comensales, aceptados como trueque a cambio de comida, y así sus paredes se fueron llenando con los cuadros, fotos, banderas e instrumentos. Incluso tienen un altar, que Antonio define como una especie de Santo Patrono de lo guachaca, al que los visitantes van a dejar ofrendas, lo que alimenta aún más esta leyenda y relato de El Putamadre como algo más que un simple restaurante.
La carta se mueve en sabores y terrenos conocidos de la cocina chilena, pero con entretenidos guiños y transformaciones que aportan novedad. El que es -sin lugar a dudas- uno de los platos más representativos de la casa es La Mano que Aprieta ($11.800), tres empanadas fritas que crujen y manchan los dedos, con un pino que combina la golosa dupla de prieta y nuez. La porción, claro está, es pensada para compartir, pero es habitual ver a comensales que se comen las tres por sí solos.
Para comenzar a abrir el apetito junto a un vino o una cerveza pida el Causeo Minero ($11.800), plato que tiene su origen en las minas, donde cada trabajador llegaba con su encurtido y entre todos armaban un solo plato. A partir de este espíritu acá se crea una pichanga que incluye pickles, arrollado huaso, tomate, palta y un ají oro que puede o no pica, dependiendo del pedazo que le toque. Llegan acompañados de un mini brioche teñido de negro con carbón, para hacerle un guiño adicional al nombre del plato.
Y aunque tienen disponibles combinados, cervezas y coctelería clásica -todo lo necesario para sobrevivir una noche de cueca- también han desarrollado una coctelería de autor adaptada a los tiempos gastronómicos actuales. El Viola chilensis ($7.500), una bien lograda mezcla de gin infusionado en té oolong, chardonnay, limón sutil, syrup de flor de mariposa y aceite esencial de rosa geranio. Otro que también funciona para quien quiera salir de lo habitual es Martín El Rápido ($6.900), con vodka, pimienta de Sichuan, licor de café y cold brew.
Entre los fondos, el más recomendado y favorito de la casa es el Chancho al Hombro ($14.900). Un costillar con malaya que se hornea cuatro horas, servido sobre un puré de papa camote que se queda con el jugo graso del cerdo. Si prefiere no aventurarse e ir por algo conocido, pruebe su Plateada al Vino Tinto, de esas que se deshilachan solas, con papas fritas y ensalada chilena.
Para cerrar, tienen unas Sopaipillas Pasadas ($4.200), tibias y empapadas en chancaca, que son prácticamente una necesidad en esta época del año. No se las pierda.
Quedan pocas peñas en Santiago, pero mientras su público siga visitándolas, la tradición seguirá negándose a morir. Ideal para una noche distinta de fin de semana o para un rico almuerzo con sabores del recetario local.