Mucho antes de que existiera la palabra ramen, en los puertos del sur de China los cocineros estiraban a mano una masa de trigo hasta volverla hebras finas que hundían en un caldo humeante. Le decían lamian. Era comida de trabajadores, barata y reconfortante, así que no había forma que fallara. Con los años ese plato cruzó el mar en las ollas de los inmigrantes chinos que fueron llegando a Japón y echó raíces en sus barrios portuarios. Fue recién en 1910, según fuentes históricas, que encontró su forma definitiva, cuando un pequeño local de Asakusa, en Tokio, puso a doce cocineros del barrio chino de Yokohama a servirlo adaptado al paladar japonés, y muy pronto despachaba miles de bowls al día. De ese cruce, y de la palabra lamian, nació el ramen.
El ramen tiene cuatro elementos que trabajan al unísono. Está el caldo, usualmente hecho con huesos de cerdo hervidos durante horas, puede ir desde uno liviano, casi transparente hasta uno denso y cremoso. Está el tare, la salsa concentrada que va al fondo del bowl y termina definiendo su sabor. De ahí salen los nombres de cada estilo, porque el shoyu se hace con soya, el shio con sal y el miso con esa pasta de soya fermentada. Están los fideos de trigo, con una textura que debe aguantar el calor sin ablandarse exageradamente y por último los toppings, donde muy habitualmente aparecen chashu de cerdo, el huevo ajitama, marinado y de yema melosa, algo de cebollín y una lámina de nori, aunque pueden variar.
Hay pocos platos tan adaptados al invierno como este. El ramen abriga el cuerpo desde adentro, se toma sorbeteando los fideos directo del bowl mientras el vapor te empaña los ojos antes de comenzar a sudar. En Santiago, hoy existen abundante opciones, desde locales más tradicionales hasta versiones de autor que incorporan incluso ingredientes chilenos a la mezcla. Aquí una guía de nuestros recomendados -probados y aprobados por Guía Comino- para comer ramen en Santiago.
Una verdadera institución si de comida japonesa hablamos. Fundado en 2013, este restaurante de metro Manuel Montt puede no haber sido de los pioneros si de comida japonesa se trata, pero sí es uno de los que con el tiempo ha logrado mantenerse fiel a los sabores nipones originales con recetas que no han cambiado como la de su Miso Ramen al estilo de Hokkaido o la de su Chirashi.
Eso sí, esto no es impedimento para que no actualizar su propuesta, con la inclusión de un ramen con el Tan Tan Ramen ($10.900), una versión de esta popular preparación con carne de gallina desmenuzada en un caldo que se le da picor con ajíes importados de Japón, noodles hechos en casa -al dente y de hebras separadas- y hongo ostra. Además del ligero picor, se caracteriza por notas a sésamo, gracias a un aceite que utilizan en la preparación y a un topping de polvo de la semilla tostado.
Un imprescindible si de ramen hablamos.
Esta picada japonesa de apenas 7 mesas a pasos de Barrio Bellavista, a pesar de llevar más de una década abierto, continúa manteniendo un perfil bajo y aún se siente como un secreto foodie bien guardado.
Cuentan con 14 preparaciones distintas de ramen -de generoso tamaño- así que hay para todos los gustos. Si quieres probar algo diferente, de elevado picor, ideal para estos días de frío, está el Gegikara Ramen ($12.300), un caldo espeso con abundantes verduras como trozos del porte de un ajo de shitake, bambú, zanahorias, cebollín y kimchi, que es lo también el ingrediente que le sube la temperatura. Aquí en lugar de chasu utilizan carne de cerdo molida, que funciona bien entre la mezcla de sabores que le aportan las verduras. Acompáñelo con alguno de los te verde de la casa porque pica bastante.
Ignacio Roa y Misha Fukuda pasaron por grandes restaurantes de la escuela de Noma que se nota de inmediato en su trabajo con los fermentos. Acá el kimchi lleva merkén en vez de gochugaru y el chili oil termina pareciéndose más a una salsa macha pero con acento chileno. Partieron en Factoría Franklin y hoy también tienen local en el subsuelo del MUT, ambos tan populares que se sugiere llegar temprano para tener mesa.
Una de sus creaciones es el Tantanmen Carnívoro ($12.500), la versión más jugada de esta lista. Un caldo espeso de sésamo negro con maní y leche de coco, fideos de trigo y, encima, huevo curado, cerdo, kimchi, pickle de la casa, cebollín y maní tostado. Los aceites de merkén y huacatay le meten un picor aromático adictivo que se queda impregando en el recuerdo. Untuoso y con carácter, distinto y prueba de que se pueden hacer ramen de autor sin que pierda su esencia.
Para llegar a Soko Demo hay que cruzar un galpón del Persa Víctor Manuel, entre anticuarios, lámparas de bronce y todos los cachureos que te puedas imaginar. Es el nuevo local del chef Pedro Chavarría -el mismo detrás de los reconocidos Demo y Demo Magnolia- y él mismo lo define, sin vueltas, como un fake asian, comida de inspiración asiática hecha con el producto que hay a mano y su picardía personal.
De sus tres ramen, el más pedido es el Tonkotsu ($13.500). El caldo de huesos de cerdo hierve entre diez y doce horas hasta quedar cremoso y color marfil, y llega con una gruesa panceta de bordes dorados, el huevo marinado partido al medio con la yema casi reventable, un hongo ostra y una lámina de nori. Técnica de fine dining en pleno persa, ideal para culminar una mañana después de recorrer sus galpones.

Yuki llegó a Chile pensando en trabajar en una viña de Casablanca, terminó cocinando ramen en Valparaíso y en diciembre de 2025 abrió su propio local en una galería de Providencia, a pasos de metro Tobalaba. Lo suyo es el niboshi ramen, uno que nadie más está haciendo en el país.
En vez de huesos de cerdo, el caldo se arma con sardinas secas, shiitake y kombu que reposan más de doce horas en agua fría antes de un hervor corto. Queda más delgado y transparente que un tonkotsu, pero con una salinidad de mar que no se parece al resto de los ramen. El Niboshi Shoyu ($9.500) lleva ese caldo con tare de soya, cerdo y cebollín. El local tiene apenas ocho asientos y es un formato pensado para entrar comer y salir.

Antes de que Santiago se llenara de ramen, estaba Kintaro. Se presenta como el primer restaurante del país dedicado especialmente a este plato y sigue firme a pasos de Bellas Artes, con una barra donde el sake tiene protagonismo propio.
Su Shoyu Especial ($12.500) es un ramen a base de salsa de soya con topping de doble ajitama (huevo marinado), chashu de costillar de cerdo, shiraga, kakugiri, cebollín, wakame (luche), una hoja de nori y un mix de verduras. Un bowl cargado, de los que dejan satisfecho sin necesidad de pedir nada más.

Hitomi Tomi es antes que nada un izakaya, uno de esos bares japoneses para picotear mientras te tomas unos tragos. Lo abrió a fines de 2025 el Grupo Culebra (Gracielo, Rossie La Loca), con coctelería de autor y una carta pensada para poner platos al centro de la mesa.
Sin embargo, en un local de este tipo tampoco podía faltar un Miso Ramen ($12.900), apuesta segura para días helados. Fideos artesanales, tofu, huevo marinado y una lámina de nori en un caldo de miso blanco. Este pídelo para ti solo y deja los sandos y el karaage para compartir con los demás.