Fotografías: Valentina Oksenberg
Apunte de inmediato Benito Vicente en su lista de locales por visitar. La pizzería de la chef Ágata Quercia – con pasos por cocinas como De Patio o Malva Loca- abrió a principios de agosto en calle Francisco Bilbao, a metros de Julio Prado, en lo que alguna vez fue la casa de su abuelo Benito. El nombre del local es, de hecho, un homenaje a sus dos abuelos: Benito Quercia y Vicenta Sota.
Con solo 20 asientos, el espacio recuerda al formato de un omakase japonés: una barra central donde los comensales se sientan frente a la chef y la ven cocinar en vivo. Este tipo de experiencias entrega el valor agregado de poder ver todo lo que ocurre en la cocina en incluso entablar un diálogo con la chef. La gran diferencia es que aquí el protagonista no es el sushi, sino la pizza.
El equipo es reducido y eso ayuda a que se sienta como una pizzería familiar. Junto a Ágata trabajan los cocineros José Tomás Aguilera y Ricardo Vlastélica, mientras que Daniela Lobo se encarga del diseño y la administración.
La historia de Benito Vicente comenzó en 2024 como un pequeño delivery que rápidamente conquistó a la comunidad foodie. Ágata aprendió a hacer pizzas de manera autodidacta, pero pronto viajó a Italia para perfeccionarse en el estilo napolitano. Sin embargo, su camino no es el de la tradición, así que tomó esos fundamentos como inspiración para crear un estilo propio.
Su masa se elabora con una mezcla de harinas italianas y fermenta por al menos 24 horas. El resto es puro ingenio: ingredientes reconocibles pero poco convencionales en pizza, preparados con rigurosa atención al detalle. Como señala la propia chef: “No hay ningún ingrediente que una pizza no pueda llevar”.
Ejemplos sobran. En su etapa de delivery sorprendió con una pizza de habas y naranja, y hoy la favorita del público es la que combina ají oro encurtido y miel. Recién acaba de sumar una base amarilla de choclo asado con salsa de albahaca picante y parmesano. Pizzas que salen del molde.
El menú actual ofrece cinco tipos de pizza, con precios entre $10.000 y $12.000, son pizzas jugosas, que chorrean así que tenga las servilletas a mano o prepárese para chuparse los dedos. Entre las opciones de base roja destaca una con fior di latte, pepperoni, salsa casera pica-pica de maní y borde untado en mantequilla con queso rallado. Una propuesta picante, juguetona y distinta, donde el borde en lugar de rellenarse se corona por fuera.
En las bases blancas brilla la combinación más representativa de Benito Vicente: fior di latte, queso azul, ricotta, parmesano, ají oro encurtido y miel. Cremosa, dulce, picante y al mismo tiempo bien chilena. Es el best seller indiscutido del local.
A ellas se suma la pizza de base amarilla, a base de choclo, fior di latte, salsa de albahaca picante y parmesano. Otra que demuestra el rango de sabores e ingredientes que maneja Ágata y las miles de combinaciones de pizza que se abren con una base amarilla.
El menú se completa con dos “platitos” inspirados en las gildas españolas: una clásica con aceitunas, ají oro y anchoas, y otra donde el pescado se reemplaza por queso azul. Y si hay que destacar otro imperdible, definitivamente es el postre: panna cotta con jalea de melón tuna. Fresca y delicada, funciona como el contrapunto ideal para limpiar el paladar después del festín de colores que son sus pizzas.
Por ahora, Benito Vicente no cuenta con patente de alcoholes, pero los rumores dicen que muy pronto habrá novedades en este aspecto.