Macarena Escandón y Paula Roca dejaron sus trabajos en telecomunicaciones para abrir, hace dos años y medio, una cafetería que trajera de vuelta los bosques sureños de su infancia. La Foresta no usa plantas falsas. La vegetación se plantó antes de abrir y ya creció en varios lugares del local. Además trajeron troncos que suben del suelo al techo y acompañan con el ruido del agua de una pileta. En invierno cada silla tiene su mantita doblada y hay estufas repartidas por todo el local.
Para el café usan granos de Pickers Coffee Co., de los buenos tostadores de Santiago, con un Kenya de acidez marcada en los filtrados. Para comer, las tostadas mandan, todas sobre pan de Vikingo, y la de huevo pochado sobre palta y cebollín es la que más sale. En lo dulce, un pie de limón coronado por una montaña de merengue dorado en las puntas, y el sur reaparece en el maqui del kuchen y los cupcakes.
Funciona igual de bien para trabajar que para desconectar, a pasos del Metro Manuel Montt.