En medio de un Santiago lleno de izakayas, trattorias, bistrós y ramen, comer cocina chilena bien hecha se ha vuelto, paradójicamente, una rareza. Contra esa corriente abrió Prístino en julio de 2025, en una casona de El Coihue con Alonso de Córdova. Detrás está Claudio Úbeda, tres décadas cocinando chileno en hoteles como Cumbres del Lago o The Glass, y por primera vez con un proyecto propio. El diseño es de Gino Falcone: paredes naranjas y un techo del que cuelgan más de 3.500 duelas de madera que de noche, con mantel largo, se vuelven íntimas. La bienvenida es una tabla de panes hechos en casa que cambia cada día con hallulla, dobladita, bocado de dama, pan de chicharrones, además de sopaipilla, pebre y mantequilla. La carta defiende lo que el recetario local subestima: un ceviche chileno raspado con ají cristal, croquetas crocantes de prieta y manzana, un cajón de erizos de Caldera sobre brioche, un caldillo de congrio reinterpretado. Para terminar, pruebe los picarones con helado de sopaipillas pasadas.