El efecto visual que tienen esas dos ínfimas masas atrapando una cantidad dramática de buen manjar –el clarito, pastoso, puro– es casi más poderoso que el sentirlo en la boca. En Pastelería La Ermita, el chilenito, empolvado, merengue y alfajor marcan la dulcería nacional y aquí los hacen muy bien. Además, verlos en un almacén de antaño, de estética semi rural y conservas varias en los estantes, crea una atmósfera tan rica como sus helados y otras líneas de postres, tortas (la de brownie de chocolate es brutal), galletones o tartas con muchas frutas. Sumado a una oferta de helados caseros que puedes disfrutar en las mesas de la terraza. Todo hecho con amor.