Bajo el atemporal toldo negro con letras doradas que decora su entrada, en bar la La Providencia, cada noche se crea una atmósfera íntima donde el reloj se mueve a su propio ritmo. Dígale cariño, pasión, esmero. Como sea, esta barra de seguro le sacará una sonrisa y propiciará una gran noche. También aportan su coctelería de autor en copas talladas a mano –adornada con flores, dinosaurios plásticos– y cada detalle que remite a una historia. Desde la vajilla, que son platos antiguos elegidos con pinzas, hasta cubiertos del desaparecido Hotel Carrera; con el logo tallado en el canto.
Hoy tienen una carta que incluye 75 etiquetas de pisco y que está llena de guiños a los sabores de nuestra infancia. A pesar de los casi 7 años que llevan abierto, han logrado mantener su estilo único y continúan su incansable búsqueda por apelar a la nostalgia. Para el efecto ratatouille pruebe el ‘Membrillo con Sal’ o ‘La Plaza’ y si desea algo más elegante, el ‘Oasis de Atacama’: pisco, pajarete, chocolate blanco y manzana verde. Pura clase. Más allá de todo eso ofrecen una carta golosa, costillitas de chancho y una respetable oferta de hamburguesas caseras.