María María empezó como un desayunador sencillo y, plato a plato, se fue ganando la hora de almuerzo hasta volverse un fijo del puerto. La bollería fue el primer gancho, y su berlín de crema pastelera y manjar sigue siendo el imperdible: esponjoso, dulce sin empalagar, de esos que convierten en fanático al que lo prueba por primera vez. Un estandarte de la repostería local.
Pero hoy también se va a almorzar. Las croquetas de jaiba salen por montones, y como trabajan con la Caleta Portales siempre hay pescado y marisco fresco, hasta navajuelas a la parrilla. Las legumbres vienen de Botania, productora del sur, y la bollería se cuela también en lo salado, como el croissant de berenjena y rúcula, de los más pedidos en el desayuno.
Todo ocurre en un caserón remodelado a los pies de la escalera Beethoven, con balcones y terrazas que miran el puerto subir y bajar. Hace poco sumaron una segunda sucursal en el Museo del Inmigrante. Imposible perdérselo, y casi una obligación llegar.

